Ni a José de San Martín ni a Jorge Cafrune los poderes de turno les perdonaron sus viajes prohibidos, los que debieron pagar con el exilio y la muerte. De Yapeyú al Perú y de Francia a la Argentina, dos historias cruzadas de patriotismo e internacionalismo.

Por Lautaro Rivara

“Dicen que un zurdo no puede mancillar la tierra de San Martín”. Eso contó Cafrune que decían las amenazas de los que pretendían evitar su travesía, cuando en el año 1978 se propuso montar a caballo rumbo a la hoy correntina, antes misionera y siempre guaranítica Yapeyú (“fruto maduro” en aquella otra lengua argentina). El cantor daba continuidad, una década después pero animado por el mismo espíritu, a su gira “De a caballo por mi patria”, que lo tuvo a remolque de una troupe de artistas, caballos, carromatos, tiendas de campaña y hasta de una vaca lechera entre los años 1967 y 1969. La primer gira fue ideada originalmente como homenaje al Chacho Peñaloza, el popular caudillo riojano asesinado a traición por las fuerzas unitarias, cuya cabeza fuera a dar en una pica en la plaza de Olta para escarnio de su compañera de armas Victoria Romero y del resto de las montoneras alzadas. La tentativa se proponía entonces unir al país desde los pequeños y múltiples universos jujeños hasta los fiordos australes en que ardieron las hogueras selk’nam que darían su nombre a la mítica Tierra del Fuego.

Tapa del disco “El Chacho, vida y muerte de un caudillo”.

La dictadura cívico-militar, auto-designada como Proceso de Reorganización Nacional, ya había consumado para ese entonces buena parte de los objetivos político-militares de su guerra sucia, a través del asesinato sistemático, la tortura “absoluta, intemporal, metafísica” que describiera Rodolfo Walsh, el secuestro de bebés y la invención de la figura espectral del desaparecido. El mismo Jorge Rafael Videla había dicho en una de las Cenas de Camaradería de las Fuerzas Armadas el 7 de julio de 1976 que “la lucha se dará en todos los campos, además del estrictamente militar. No se permitirá la acción disolvente y antinacional en la cultura”. Y dos años después el brigadier Agosti agregaría: «Si bien las armas han callado, el enfrentamiento fundamental aún continúa. […] El enemigo ha sido derrotado pero no aniquilado. Ha trasladado su campo de acción a otras regiones del mundo, y en nuestro país cambió su frente de lucha directa por el de la penetración ideológica con lo cual se propone continuar su permanente tarea de destrucción.»

Para algunos Cafrune había traspuesto ya el umbral paranoico e imaginario de la “penetración ideológica” durante su última actuación en Cosquín, en el mismo festival que lo había consagrado años atrás, y en el que había dado a conocer -y literalmente custodiado arriba del escenario- ni más ni menos que a Mercedes Sosa, comunista y militante del Movimiento del Nuevo Cancionero. Precisamente él, un gaucho de orígenes sirio-libaneses, siempre montado en algún caballo árabe o más tarde “a pelo” en su Harley Davidson, pero invariablemente vestido de paisano. Le habían prohibido expresamente interpretar Milonga del fusilado, Zamba de la esperanza y también, por supuesto, El orejano. Desafiante las tocó a todo tarro a pedido del público y terminó siendo desalojado del escenario por los uniformados. En una acción temeraria Cafrune se proponía ahora llevar consigo un cofrecito lleno de tierra de Boulogne-sur-Mer, la ciudad francesa a la que fueron a parar los huesos duros del libertador José Francisco de San Martin. Un gesto pequeño de la mano de un hábil formulador de símbolos que, sin histrionismos, supo cantar y vivir las labores, las glorias y los dolores del pueblo. Cafrune hacía con la música criolla lo que los revisionistas hacían con la historia patria: la revisitaba, la revivía, la recreaba y hasta la corregía, porque también se tomaba la licencia de modificar las letras de cuanta canción recogía, incluidas las de su venerado maestro, don Atahualpa Yupanqui.

La gira de Cafrune implicaba un auténtico desagravio para el Libertador y su sable corvo, cuya memoria era manoseada entonces por las tentativas de autolegitimación de un régimen castrense que se imaginaba como imposible legatario del Ejército de los Andes que liberó a tres naciones sudamericanas, más cercano como estaba del Plan Cóndor que de los Granaderos a Caballo. Y un desagravio también para nosotros: rioplatenses, andinos, altoperuanos, orientales, argentinos, chilenos, peruanos, uruguayos, bolivianos, paraguayos, en fin: americanos de la mitad para abajo.

José de San Martín rejuvenecido con inteligencia artificial.

Y es que claro, a San Martín, al cholo de “mano negra”, al medio indio hijo de Rosa Guarú, al conspirador masónico, al renegado antiporteño, al proteccionista y expropiador de mano firme, al generalote ilustrado, al saltador de fronteras y al ladrón de ejércitos, al asceta y moralista dotado de una rectitud ligeramente sobrehumana, no podían llegarle los responsos allá tan lejos, del otro lado de la sal y el agua. Era preciso juntar el humus con el humus para terminar de repatriar al desterrado cuyos restos mortales habían arribado al país recién hacia 1880, en un clima de frialdad oligárquica y contenido fervor popular. Su inevitable anfitrión fue por ese entonces el sepulturero histórico Domingo Faustino Sarmiento, quien recibió sus restos mortales en el Muelle de las Catalinas. Pero Sarmiento debio enfatizar que el “verdadero héroe civil” de la República era Bernardino Rivadavia, prestatario irresponsable, americano desidioso y agente de la política británica en el Río de la Plata.

Pese a su prolongado exilio y su muerte lejana, aún levantaba polvaredas de polémica el finado General del Ejército Libertador, Gobernador de Cuyo y Protector del Perú. Y es que lo que la burguesía comercial porteña nunca pudo perdonarle a San Martín fue precisamente aquel otro viaje prohibido, cuando negándose a prestar  auxilio en las rencillas domésticas de la política chiquita, y refractario a reprimir con sus huestes a las montoneras de los caudillos populares, decidió proseguir por su cuenta la campaña militar para libertar al Perú, aniquilar el último bastión del poder godo y proyectar la unidad posible y deseable de la gran nación latinoamericana. Se trataba, en sus palabras, de “formar una ‘nación de repúblicas’ [dado que] La imaginación no puede concebir sin pasmo la magnitud de un coloso que, semejante a Júpiter de Homero, hará temblar la tierra de una ojeada. ¿Quién resistirá a la América reunida de corazón, sumisa a una Ley y guiada por la antorcha de la libertad?”