En el Congo Belga, en el Putumayo o en su Irlanda natal, la historia de Roger Casement es la de un largo viaje desde y hacia el corazón de las tinieblas de la política colonial.

Por Silvia Beatriz Adoue

 

Roger Casement nació en Dublín, en 1864. Su padre era protestante y capitán de la Guardia de Dragones del Ejército Británico. Su madre, que murió cuando Roger tenía 9 años, como buena irlandesa, lo había bautizado en secreto en la iglesia católica. Sin embargo, fue educado como inglés y protestante. Tenía 20 años cuando se realizó la Conferencia de Berlín, que repartió África entre las potencias europeas.

La segunda revolución industrial anunciaba una prosperidad ininterrumpida para el mundo. La explotación sin límites de los trabajadores y trabajadoras de Europa era substituida por la jornada acotada, para que el trabajador tuviera su tiempo de descanso y las mujeres y niños se retiraran del espacio de la producción hacia el hogar. La plusvalía absoluta cedía paso a la plusvalía relativa en los países centrales. Y la civilización europea se presentaba como el modelo para la humanidad que todos los pueblos seguirían.

Frente al anuncio de tanta estabilidad y certidumbres, no pocos hijos de esas potencias abandonaban el aburrimiento y se lanzaban a otros continentes para buscar un poco de aventura. El poeta francés Arthur Rimbaud, por ejemplo, en 1876 se había alistado en el Ejército Colonial Holandés. Roger Casement también fue para África. Trabajó para el aventurero Henry Morton Stanley, agente del rey Leopoldo II, de Bélgica, cuya Asociación Internacional Africana aparentaba tener intereses humanitarios en el Congo. Casement no tardó en percibir que el emprendimiento de Leopoldo II tenía como intención la explotación del marfil y el caucho, mediante la expropiación de las tierras comunales y la esclavización de la población. Para eso, gerenciaba una economía del terror que incluía matanzas y mutilaciones.

Un congoleño mutilado por los colonialistas belgas bajo el reinado de Leopoldo II.

Para el Congo fue también el ucraniano-polaco Joseph Conrad, para emplearse en actividades comerciales. Allí conoció a Casement. Su libro “El corazón de las tinieblas” registra la perplejidad de esos europeos bien pensantes al descubrir el reverso necesario de la prosperidad de la segunda revolución industrial. De la vergüenza por la cultura que representaban nació también la novela “Lord Jim”, de 1899. Del terror en las colonias venía el alimento imprescindible para la civilización de Europa.

En 1901, y después de denuncias realizadas por Roger Casement, el Ministerio del Exterior de Gran Bretaña le pidió que investigase y enviase un informe detallado de los desmanes de Leopoldo II en el Congo. Recordemos que Gran Bretaña tenía alineamientos que la oponían a Bélgica en aquel momento. El “Casement Report” fue el instrumento probatorio en la pulseada entre ambos países. Arthur Conan Doyle, el autor de la serie de “Sherlock Holmes”, también denunciaba la acción de Leopoldo II en el Congo sin dejar de reclamar por la acción de Gran Bretaña en Nigeria.

La acogida exitosa del informe permitió a Roger Casement iniciar una carrera en la diplomacia británica, primero en África y después en América Latina. En 1910, después de servir como cónsul en varias ciudades de Brasil, recibió el encargo de realizar una investigación semejante a la del Congo: precisaba remontar el río Amazonas hasta el Putumayo, en Perú. Había sospechas de que la Peruvian Amazon Company, empresa que explotaba el caucho en esa región, y que tenía accionistas británicos, cometía atrocidades con los pueblos amazónicos por medio de capataces llevados allí desde Barbados, súbditos ellos de la corona británica.

Fotografía del “Álbum de viaje de la comisión consular al Putumayo y afluentes” tomada por el portugués Silvino Santos.

Casement partió hacia la región en un barco de la propia Company, pero una vez allí no se dejó engañar por sus huéspedes. Después de una guerra de nervios, con asesinatos de informantes y amenazas, consiguió retornar a Gran Bretaña con los capataces de Barbados como testigos y un “Putumayo Report”. Sin embargo, el destino de este informe no fue el mismo del que había hecho sobre Congo. El momento era otro. Y el principal accionista de la empresa responsable nunca fue incriminado. En compensación, Casement recibió una serie de títulos y podía ser llamado ahora “Sir” Roger Casement. Estaba agotado, asqueado, y resolvió retirarse.

Tenía claro que aquellas atrocidades eran inherentes a la explotación colonial. El bautismo secreto le sirvió de antecedente. No era un inglés. Mario Vargas Llosa escribió una biografía novelada de Roger Casement a la que llamó “El sueño del celta”. Este volvió a su Irlanda natal en 1904 y un año después se unió al Sinn Féin, el partido independentista irlandés recién refundado.

Cuando estalló la Gran Guerra, los irlandeses se dividieron entre dos posturas. Los más moderados decidieron formar batallones para apoyar a Gran Bretaña contra Alemania. Esperaban obtener a cambio un reconocimiento de sus derechos. Los más radicales prefirieron una alianza con Alemania, para entrenar tropas y obtener armas para un levantamiento contra Gran Bretaña. Roger Casement estaba entre ellos. Viajó a Alemania para gestionar secretamente esa ayuda sin sospechar que estaba siendo vigilado por agentes británicos.

Monumento a Roger Casement en Irlanda.

Fue detenido durante el malogrado desembarque de armas para el Levantamiento de Pascua de 1916. Acusado de alta traición, le fue retirado el título de “Sir” y fue trasladado a la Torre de Londres para esperar el juicio, que ocurrió cuatro meses después. La demora sirvió para dar tiempo a que una campaña, realizada a través de la prensa amarilla, desmontase la figura del héroe que el propio Estado británico había hecho de él. Copiaban fragmentos, supuestamente extraídos de su diario personal, y fotos presuntamenche hechas por él que lo presentaban como un homosexual, con preferencias por los adolescentes del mundo colonial. En agosto, después de 4 días de sesión, fue condenado a la horca.

En 1965 sus restos fueron devueltos a Irlanda. En el documento oficial que acompañó el traslado, el gobierno británico se refirió a él como “Sir” Roger Casement. Tal vez, como ocurre con el personaje de Joseph Conrad, Lord Jim, lo haya movido la vergüenza. Por suerte, su lado irlandés abrió una picada en su biografía para salir del corazón de las tinieblas.