“Bwakayiman”, en criollo haitiano, significa “bosque de caimanes”. El 14 de agosto de 1791, este lugar se convirtió en escenario de un acontecimiento que cambiaría para siempre la historia de Haití y del Caribe: el congreso que inició la Revolución Haitiana, la primera insurrección de personas negras esclavizadas que derrotó al colonialismo europeo y dio origen, en 1804, a la primera república negra independiente del mundo.
El Congreso de Bwakayiman marca el inicio de una revolución negra sin influencia blanca en su gestación, destinada a construir un Estado libre para seres humanos libres. Su legado está profundamente vinculado a la memoria del pueblo taíno —exterminado por españoles y franceses— y a la resistencia por preservar la religión vudú y la lengua criolla de raíz africana. Este encuentro constituye la base histórica de la resistencia haitiana frente a siglos de opresión.

En Cabo Haitiano, aquel día se congregaron representantes del pueblo haitiano y de otras comunidades negras de la región para reclamar su libertad y ponerle fin a la escalvitud. La jornada incluyó un ritual vudú y un día entero dedicado a honrar la ascendencia africana e indígena, así como a preparar las batallas que pondrían fin a la violencia colonial.
El ritual de Bwakayiman tuvo una profunda conexión con los espíritus —tres orishas centrales en la tradición afroatlántica—. A Ogún se le pidió alejar la violencia y, a Obatalá, como creador de los humanos, se le solicitó guía y gobierno. De este modo, la espiritualidad se convirtió en un arma de resistencia y en un anclaje colectivo para la lucha. A partir de allí, los esclavos insurrectos comenzaron a organizarse para la guerra, en la que encontrarían generales como Jean-François Papillón quién fuera años más tarde uno de los principales líderes de la revolución.
En este contexto, el protagonismo de Cécile Fatiman, una mujer negra y exesclavizada, fue decisivo aquella noche. Ella caminó durante meses por las colonias para convocar a los africanos esclavizados a participar en la ceremonia, explicándoles e insistiendo en que era preferible morir en la lucha antes que vivir en la esclavitud. Finalmente, la convocatoria culminó en un baile celebrado en un lugar protegido por caimanes, animales con los que, según la tradición, los africanos podían convivir sin dañarlos.
Entre batuques y trances, se honró la tierra y se invocó a los “orishas” para denunciar la barbarie impuesta por los colonizadores bajo el pretexto del discurso civilizatorio. Lo interesante de esta historia es que Haití, a través de su espiritualidad, se convierte en un símbolo de resistencia frente a todas las tentativas de sometimiento de los colonos, quienes, en aquel entonces, eran en su mayoría blancos.
El escritor Alejo Carpentier expresa en su obra “El reino de este mundo” aquel momento clave en el que Bouckman, líder jamaicano, qué fue parte de la ceremonia, pronunció un discurso que mezclaba invocación y arenga política: “Un Pacto se había sellado entre los iniciados de acá y los grandes Loas del África, para que la guerra se iniciara bajo los signos propicios […] El Dios de los blancos ordena el crimen. Nuestros dioses nos piden venganza. Ellos conducirán nuestros brazos y nos darán la asistencia. ¡Rompan la imagen del Dios de los blancos, que tiene sed de nuestras lágrimas; escuchemos en nosotros mismos la llamada de la libertad!” (Carpentier, 1949/2013, p. 41). Este pacto espiritual y político convirtió a Bwakayiman en el punto de no retorno hacia la insurrección generalizada.

Fe en la resistencia
Bwakayiman simboliza una espiritualidad libre de los sincretismos impuestos por la colonización. Los “señores de la naturaleza”, a quienes se les debe todo, son negros; y este hecho recuerda que la descolonización pasa también por la reivindicación de prácticas espirituales propias, estrechamente ligadas a la tierra, la comunidad y la soberanía.
En Haití, las plantaciones y la producción agropecuaria han formado, históricamente, una parte central de su identidad nacional. En este sentido, según la revista de investigación HKW, el espíritu de Bwakayiman se sostiene en los principios del lakou, una institución social creada por y para el pueblo, basada en el cuidado recíproco y la pluralidad, y que, con frecuencia, es liderada por matriarcas. Garde, matriarca de su lakou, describe la ceremonia como un compromiso renovado con la liberación colectiva y con la preservación de la memoria histórica.
En este marco, cabe preguntarse ¿sin Bwakayiman habrían surgido figuras como Jean-Jacques Dessalines o Toussaint Louverture? El inicio de la Revolución Haitiana estuvo marcado por la participación activa de mujeres en la organización y en la lucha. De hecho, fue una mujer quien convocó a la insurrección, demostrando que la libertad de los esclavizados no conoce límites cuando existe la decisión firme de revertir la opresión.
Repensar Haití desde el vudú como arma de resistencia rompe la narrativa de la “cuestión haitiana” y revela una verdad incómoda para la herencia colonial: negar otras espiritualidades fue, y sigue siendo, parte del disciplinamiento impuesto por la invasión colonial. BwaKayiman enseña que la espiritualidad y la comunidad pueden ser el corazón de una revolución, y que el camino hacia la liberación de una nación vilipendiada comienza reconociendo la fuerza de su historia.










