La editorial Batalla de Ideas publica este mes “La epopeya palestina”, libro del economista argentino Claudio Katz, donde recorre el actual genocidio israelí en la Franja de Gaza en clave geopolítica.
Israel ha sido un gran sostén de los gobiernos ultraderechistas de América Latina. Apuntaló a Álvaro Uribe, Bolsonaro, Novoa y a todos los candidatos de la reacción. Pero la estrecha relación que ha establecido con Javier Milei supera todos los precedentes. La simbiosis del mandatario argentino con Netanyahu es un caso extremo de subordinación al sionismo.
Milei viajó a Tel Aviv para convalidar el bombardeo a Irán y el asesinato de los niños palestinos que buscaban comida. Proclamó que “Israel está salvando la cultura occidental” y ponderó la “hidalguía” de los mayores criminales del siglo XXI.
Por esa celebración y por su apoyo a la mudanza de la Embajada argentina a Jerusalén, recibió un premio millonario con destinos tan misteriosos como todo el dinero que ingresa a los bolsillos de los hermanos Milei.
En sus discursos de agradecimiento, el anarcocapitalista repitió sus conocidas alabanzas a la libertad, que en este caso implicaron carencia de restricciones para continuar la matanza de la población palestina. Esa ferocidad fue explícitamente convalidada por Daniel Salem, vicepresidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), la principal institución sionista de Argentina. Ese individuo, que tuvo que renunciar a su cargo, proclamó sin ningún filtro que salvo, tal vez, “los niños de menos de cuatro años, no hay civiles inocentes en Gaza”.
A tono con ese clima de aprobación de la masacre, Milei auspició una visita de Netanyahu a Argentina, para demostrar que ofrece refugio a un homicida con orden de captura internacional. En la misma línea de sostén a las matanzas, la Cancillería rechazó el reconocimiento del Estado palestino en la ONU y participa del minúsculo grupo que se opone a todas las resoluciones críticas del genocidio.
Sumisión extrema
Milei pretende involucrar a Argentina en el conflicto de Medio Oriente con algún gesto de mayor porte. Trabaja para perpetrar esa acción, reforzando el entrelazamiento de las fuerzas de seguridad de ambos países. Esa conexión es financiada con el colosal incremento de los gastos para los servicios de inteligencia, cuyo control por parte del Congreso ha sido bloqueado por el Ejecutivo.
El desbocado anarcocapitalista forjó un compromiso personal muy intenso con el sionismo. Varios millonarios argentinos de esa orientación (Eduardo Elsztain, Daniel Sielecki, Gerardo Werthein, Darío Epstein) financiaron su campaña electoral y manejan parte de su equipo gobernante. Para extremar la fidelidad a sus aportantes, Milei prometió convertirse al judaísmo y adoptó el credo de la vertiente ultraortodoxa Jabad Lubavitch, que le dicta el libreto a seguir en sus visitas periódicas a Estados Unidos.
Esa postración incluye la persecución de los denunciantes argentinos del genocidio en Gaza y la colaboración con los jueces intimidados por el sionismo. La campaña para atemorizar transita, por ejemplo, en las acusaciones de terrorismo a los periodistas que difunden las masacres. También se procesa mediante amenazas a los dirigentes de izquierda que levantan su voz contra las matanzas. Las causas abiertas en los tribunales tienen un evidente propósito de coacción.
La influencia del lobby
que impone ese acoso es tan grande que ha logrado anular las informaciones sobre Gaza en los principales medios de comunicación. Las figuras más renombradas de la propaganda derechista (Eduardo Feinmann, Alfredo Leuco) se han convertido en voceros directos de la Embajada de Israel. Hacen flamear esa bandera en sus programas y emiten, sin ningún rubor, todos los materiales de propaganda del Ejército sionista.
El simple relato del genocidio está censurado no solo en la prensa hegemónica, sino también en muchos programas críticos al oficialismo.
Tampoco se mencionan las marchas callejeras a favor de Palestina en el país y la voz de los artistas solidarios con esa causa es rigurosamente acallada.
El fanatismo oficial con el sionismo se traduce en mayores compras de armas a Israel. El lobby forjado por la entonces ministra de Seguridad Patricia Bullrich y sus socios (Guillermo Yanco y Mario Montoto) ha copado todos los organismos de seguridad y asegura partidas millonarias para los proveedores de Tel Aviv.
Ese grupo de presión organiza reuniones periódicas —con la presencia de popes de la casta empresaria, judicial y militar— para promover y concertar con los colonialistas de Medio Oriente. Ya preparan a todo vapor el “Encuentro Empresarial Argentina-Israel 2026” para incrementar las compras de material bélico y policial.
El Mossad transita por todas las instancias nacionales de los servicios de inteligencia como por su propia casa. Adiestra espías, entrena a infiltrados e instruye a gendarmes para enseñar las brutalidades que implementa en Cisjordania.
Los memorándum de “cooperación contra del terrorismo” —que firma Milei en sus encuentros con Netanyahu— no son formalidades protocolares. Algunos conocedores de esos compromisos, consideran que incluyen promesas de envío de tropas argentinas a Gaza si prospera el plan colonial de Trump y Blair para esa región.
La captura de la política exterior
La sumisión de Milei al sionismo no es tan solo otra mancha más en el prontuario de la ultraderecha. Es un episodio extremo de la prolongada tendencia a subordinar la política exterior argentina a las exigencias de Israel. Ese curso se ha verificado en presidentes de distinto tinte partidario.
Argentina ocupa un lugar protagónico en las relaciones de América Latina con Medio Oriente, debido a la gravitación del sionismo. La captura de la Cancillería del país por parte de Tel Aviv comenzó con el menemismo y ha sido profundizada por los gobiernos posteriores. Ese alineamiento fue detonado por los atentados a la Embajada de Israel, en 1992, y a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en 1994, que desembocaron en un turbio entendimiento de los funcionarios de ambos países para culpar a Irán.
Carlos Menem utilizó esos episodios para acentuar el giro pronorteamericano de su administración y el consiguiente sometimiento a Israel. Los enviados de Tel Aviv convirtieron a sus enemigos del momento (Irán, Hamás, Hizbulah) en antagonistas perdurables de Argentina. También capturaron el control de los servicios de inteligencia, la estructura del área de defensa y parte del Poder Judicial. El punto de partida fue el monitoreo que hizo el Mossad de las investigaciones de ambos atentados.
Esa captura explica el vergonzoso resultado de ambas causas. Sobre el estallido en la embajada se impuso un cono de sombra que impidió saber lo que ocurrió. La Corte Suprema de Justicia argentina se apropió de los indicios para ocultar lo sucedido y simplemente archivó el tema. El itinerario que siguió la investigación incluyó todas anomalías imaginables para desviar la pesquisa y encubrir a los responsables.
Los jueces, fiscales, diplomáticos, policías, militares y espías con algún conocimiento de lo ocurrido fueron acallados y se instaló el libreto que escribió el gobierno israelí y repitieron sus voceros argentinos. Para culpar a Irán, difundieron una caprichosa e incomprobable versión del atentado, sostenida en la destrucción de pruebas, el encubrimiento de la complicidad policial y el ocultamiento metódico de la participación de los sicarios argentinos en lo sucedido.
Esos datos fueron enmascarados en una historia oficial del atentado forjada mediante el soborno de testigos, la inculpación de inocentes y el mareo de toda la población con pistas inverosímiles. Se mencionó a inhallables responsables localizados a miles de kilómetros y se descartaron los indicios de culpables locales, muy próximos y conocidos por todos los investigadores.
Para consumar una estafa político-judicial de esa envergadura, contaron con la complicidad de las principales instituciones de la comunidad judía, que siguieron puntualmente las órdenes de encubrimiento emitidas por los diferentes gobiernos israelíes.
Menem inauguró esa entrega de la soberanía en sintonía con su política económica neoliberal. La continuidad de ese rumbo por parte de Mauricio Macri no introdujo ninguna sorpresa. El líder del Propuesta Republicana (PRO) reforzó la nube de fantasías construidas en torno a los atentados para estrechar los vínculos militares con Israel. Dio rienda suelta a la compra de armamentos y mantuvo a pleno la campaña antiiraní.
Milei profundizó esa subordinación con delirios y payasadas nunca antes vistos. Asume el perfil de un creyente judío ultraortodoxo para afianzar el empalme con Netanyahu. Justifica las masacres con discursos de crueldad, que emparentan al hambreador de los jubilados con el asesino de los palestinos, y acepta todo lo que Israel demande.
Este libro editado por Batalla de Ideas se presentará el Viernes 27 de febrero, 18hs, en el Centro Político Cultural Esquina América (Chacabuco e Hipólito Yrigoyen, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).
Participan
•Claudio Katz (autor del libro)
•Martín Martinelli (historiador, coordinador del Grupo Especial Revista Al-Zeytun)
•Gabriel Sivinian (sociólogo, coordinador de la Cátedra Libre de Estudios Palestinos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA).
También estarán presentes de forma virtual
•Jaldía Abubakra (integrante de Alkarama –Movimiento de Mujeres Palestinas- y del Movimiento Masar Badil – Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina)
•Daniel Jadue (dirigente comunista de Chile y autor de “Palestina: Crónica de un asedio”).
Entrada libre y gratuita.










