Trump se posiciona como aliado del lobby petrolero, la cuarta mayor fuente de aportes económicos de su última campaña presidencial. Empresas de Energy Transfer, Continental Resources y Hilcorp Energy han aportado millones para su campaña que lo catapultó como el mayor negacionista climático del mundo.
A cambio, durante su gestión, retiró a EEUU del Acuerdo de París, desmanteló regulaciones ambientales y priorizó la expansión de petróleo y gas. A su vez, impulsó la apertura de tierras federales a la perforación, y protegió activamente a las grandes petroleras frente a regulaciones internas o competidores internacionales.
Venezuela vuelve a colocarse en el centro de las prioridades geopolíticas de Washington que pretende dejar el camino aún más allanado para el lobby petrolero estadounidense. Las dos compañías principales; Exxon Mobile y Chevron, jugaron distintos juegos; una como caballo de Troya y otra con política de choque. El ataque de Trump a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro como síntesis de ambas.

Chevron vs Exxon: la interna petrolera de EEUU
Chevron opera en Venezuela desde 1923 (antes Gulf Oil). Se trata de la única gran petrolera estadounidense que nunca abandonó Venezuela y que fue beneficiaria del modelo concesionario hasta 2006 cuando el gobierno de Hugo Chavez dictaminó la conversión de todos los contratos en empresas mixtas, con mayoría accionaria estatal.
ExxonMobil y ConocoPhillips se negaron a aceptar el nuevo esquema y abandonaron el país, iniciando demandas multimillonarias en tribunales internacionales. Chevron aceptó el formato 60/40 a favor de PDVSA y permaneció operando en las zonas de Petroboscán y Petropiar, en la Faja del Orinoco.
Esa decisión le permitió el acceso a las mayores reservas de crudo del mundo, aunque con otras reglas. Sin embargo, para Washington y para el lobby petrolero, un pie de Chevron dentro de Venezuela fue siempre una forma de no perder completamente el juego.
Desde 2015, ExxonMobil, en sociedad con la petrolera estatal china CNOOC, desarrolla un megaproyecto de explotación offshore en aguas reclamadas históricamente por Venezuela a orillas de la Guayana Esequiba. “Exxon ve la presencia de Maduro como una amenaza constante a sus proyectos en el Esequibo”, dice Manuel Herrera Casique, investigador del CONICET y doctorando en Desarrollo Económico en la Universidad Nacional de Quilmes
“Cuando Trump dice ‘Venezuela nos robó un petróleo que era nuestro’, está hablando de Exxon y Conoco”, sostiene Casique. “El objetivo de Trump es forzar un nuevo régimen de concesiones para que Exxon y Conoco vuelvan a explotar petróleo bajo condiciones mucho más favorables”.
“Este accionar de Trump tiene que ver más con una interna estadounidense en las dos principales petroleras que tiene EEUU”, dice el investigador. Mientras Chevron apuesta a negociar con Caracas para sostener y eventualmente ampliar su presencia en Venezuela, ExxonMobil presiona por una estrategia más dura: sanciones, aislamiento y, en el límite, un cambio de régimen que garantice condiciones favorables para su regreso al país.
#AHORA El presidente Trump: “Venezuela se apoderó y robó unilateralmente petróleo, activos y plataformas estadounidenses, lo que nos costó miles y miles de millones de dólares… Esto constituyó uno de los mayores robos de propiedad estadounidense en la historia de nuestro país”. pic.twitter.com/9mgRz7E4VR
— Rodrigo Chillitupa (@RodrigoCT_94) January 3, 2026
El vínculo Chevron-Venezuela-EEUU en la última década
En 2017 con la llegada de Trump a la presidencia norteamericana, por primera vez Estados Unidos impone sanciones que impactan directamente sobre el capital venezolano, a diferencia de antes, que las sanciones eran selectivas y personales. A partir de ahí se restringe la compra–venta de bonos venezolanos y el acceso de PDVSA a los mercados financieros estadounidenses
El verdadero quiebre ocurre en enero–febrero de 2019, cuando la administración Trump lanza la política de “máxima presión” a través de la OFAC (Office of Foreign Assets Control), dependiente del Departamento del Tesoro donde “se le impide a compañías estadounidenses operar en la producción petrolera de Venezuela y se le impide a PDVSA el acceso a cualquier tipo de transacción financiera o comercial”, explica el investigador de CONICET
Ahí es cuando Chevron pasa a ser una empresa en pausa, esperando una señal política desde Washington que no llegará hasta 2022 con la administración de Biden y la Licencia 41. La misma le permite a Chevron volver a producir y exportar crudo venezolano, pero bajo condiciones estrictas: sin pagos directos al Estado, sin control soberano de las divisas y con una licencia totalmente reversible.
“Fue un caramelo que lanza Estados Unidos para sentarse a negociar elecciones libres en 2024”, asegura Casique.
La licencia funcionó como una pausa táctica, no como un cambio de rumbo. Chevron volvió a operar, pero subordinada a la decisión de Washington. Esto cambiaría con Trump en el centro del escenario político estadounidense, otra vez.

¿Qué rol cumplen las sanciones al petróleo en el siglo XXI?
Las sanciones a la industria petrolera ya no funcionan solo con un rol diplomático, sino que cumplen la función de regulación extraeconómica del mercado petrolero global. “Las sanciones petroleras se imponen cuando Estados Unidos quiere sacar del mercado petróleo”, dice Manuel Herrera. “Estamos en sobreproducción petrolera, los precios caen y Venezuela sobra en ese esquema. Entonces se la sanciona para regular esa sobreproducción”, agrega.
Pero el precio del crudo es una contradicción irresuelta por todos. Estados Unidos necesita petróleo barato para su economía, pero precios altos para sostener su propia industria petrolera. Por eso, la caída del precio del petróleo del 1% tras el ataque de Trump a Venezuela no sería una constante, sino más bien un capítulo necesario para la gestión norteamericana.
“Por un lado, a Estados Unidos como economía industrial le conviene un precio internacional bajo del petróleo”, afirma el investigador. Un crudo barato reduce los costos de producción, ayuda a contener la inflación y abarata un insumo central para la industria, el transporte y la logística.
Pero cuando se trata de la propia industria petrolera estadounidense, que en las últimas décadas se expandió sobre la base de petróleos no convencionales, especialmente al oeste de Texas, en la Cuenca Pérmica, ese tipo de explotación es mucho más costosa y solo resulta rentable con precios internacionales altos.
En ese marco, las sanciones dejan de ser una herramienta diplomática y pasan a ser un instrumento de disciplinamiento económico. El mensaje de Trump es claro: las petroleras estadounidenses operarán bajo un nuevo régimen de concesiones. Chevron, la empresa que nunca se fue, funcionó como caballo de Troya y ExxonMobil planeó su venganza para volver con sus reglas de juego. En el siglo XXI, el petróleo no manda solo. Pero sigue mandando mucho.










