La Revolución Cubana frente al asedio de Estados Unidos: un nuevo momento de peligro

Tras el ataque a Venezuela, Estados Unidos busca agravar la crisis energética de Cuba al bloquear su suministro de petróleo

En las últimas dos semanas, Cuba ha vuelto a ocupar un lugar central en las amenazas de la Casa Blanca, que tras su ataque contra Venezuela ha asegurado que “ni una gota más” del petróleo venezolano llegará a la isla. Desde entonces, las reiteradas amenazas de Washington se han vuelto constantes.

El ataque contra Caracas ha colocado a Cuba en una situación de extrema dificultad. Desde la llegada de la Revolución Bolivariana, Venezuela se había convertido en el principal socio económico, político y diplomático de la isla caribeña. De hecho, fue esa relación la que, a comienzos de siglo, permitió a Cuba recuperarse de la violenta conmoción del “período especial” y ensayar un nuevo tipo de inserción internacional tras la caída del campo socialista europeo.

Tal es así que, a comienzos de los años 2000, los entonces presidentes Hugo Chávez y Fidel Castro firmaron un convenio de carácter no mercantil mediante el cual Venezuela comenzó a enviar petróleo a Cuba a cambio del envío de una serie de profesionales —principalmente médicos y profesores— con los que la isla colabora con el país sudamericano.

Acechada por el criminal bloqueo de Estados Unidos, esa relación ha sido —como ninguna otra— determinante para la relativa estabilidad cubana. Es por ello que el asedio militar y el debilitamiento de Venezuela han sido presentados por Washington como la antesala de su tan mentado “golpe final” contra La Habana, llegando a sugerir en diversas oportunidades que la Revolución Cubana “está a punto de caer”.

Así lo ha manifestado incluso el propio Trump, quien recientemente confesó que Washington viene aplicando todas las medidas posibles de presión y daño contra la isla, con excepción de una invasión militar. “No creo que se pueda ejercer mucha más presión, salvo entrar y destrozar el lugar”, aseguró, en un rapto de brutal honestidad.

No es la primera vez que Washington se apresura a vaticinar el fin de la Revolución Cubana. Lo ha hecho ante cada dificultad que ha enfrentado Cuba, mientras que la estrategia estadounidense ha sido invariablemente la misma: aprovechar la situación para profundizar el cerco y la asfixia económica contra la isla.

Así ocurrió tras la caída del campo socialista y volvió a suceder durante la pandemia de COVID-19 —momento en que se bloqueó la adquisición de respiradores y jeringas—. En ambas ocasiones, el gobierno estadounidense intensificó el bloqueo con la intención explícita de que, al aumentar el sufrimiento del pueblo cubano, la situación se volviera tan insoportable que la Revolución cayera.

Una vez más, la situación no difiere en la actualidad. Azotada por una de las crisis más graves de su historia, Cuba sufre ahora el impacto del cerco militar de Estados Unidos contra Caracas. Una peligrosa situación que se ha convertido en el principal desafío para la economía cubana a corto y mediano plazo.

El cerco estadounidense y la crisis energética

En medio de una grave crisis energética, los recurrentes cortes de luz —cada vez más prolongados— se han vuelto parte de una cotidiana y agobiante rutina. En ese contexto, la falta de combustible y electricidad no solo afecta a los hogares, sino que también degrada las capacidades productivas de bienes y servicios, lo cual redunda en una espiral de dificultades para la recuperación económica del país.

Ya desde fines del año pasado, el gobierno cubano había denunciado como un “acto de piratería y terrorismo marítimo” los asaltos militares que Estados Unidos comenzó a realizar contra diversos buques petroleros que se dirigían hacia la isla, vinculando estas acciones a la política de “máxima presión y asfixia económica” que la administración Trump venía implementando contra Cuba. Una agresión que —en buena medida— anticipaba la actual ofensiva de Washington.

Se calcula que, para un funcionamiento estable —aunque por debajo de lo necesario—, Cuba consume actualmente alrededor de 120.000 barriles de petróleo diarios (bpd). De ese volumen, apenas un tercio proviene de la producción nacional, mientras que los dos tercios restantes dependen de importaciones.

Aunque la importación de petróleo hacia Cuba se encuentra relativamente diversificada —con Venezuela, México, Rusia y otros países como principales proveedores—, el país opera por debajo de su demanda, lo que hace que su estructura energética sea altamente vulnerable a cualquier interrupción.

Pese a no contar con datos oficiales, diversos estudios indican que en 2025 Caracas envió a la isla entre 27.000 y 35.000 barriles diarios, rondando el 30 % del consumo diario de la isla.

En la actual situación de dificultad que atraviesa la isla, la interrupción de ese flujo se convierte en un problema vital para la seguridad energética de Cuba. A la vez, se trata de una cantidad de petróleo que resulta muy difícil de reemplazar de inmediato debido a la falta de divisas del país.

Si bien en los últimos dos años Cuba ha iniciado un acelerado proceso de transición energética mediante la instalación de parques fotovoltaicos (energía renovable basada en la luz solar) con el fin de reducir su dependencia externa, lo cierto es que se trata de una transición dificultosa y costosa. Actualmente, se calcula que el 90 % de la electricidad en la isla sigue dependiendo del petróleo y sus derivados.

A esa dificultad se suma que debido al agresivo bloqueo que sufre, Cuba no puede acceder al mercado internacional en condiciones de “normalidad”. Las empresas que comercian con la isla, así como los fletes que transportan el crudo —o cualquier otro producto—, se ven sometidos a un régimen de sanciones por parte de Estados Unidos, lo que encarece notablemente las importaciones que la isla debe realizar. De esta manera, se calcula que Cuba debe pagar hasta tres veces más que el precio internacional del petróleo que necesita importar.

Cuba ha tenido que sobrevivir al asedio del criminal e ilegal bloqueo impuesto por Estados Unidos. Foto: afp_tickers

Resistencia histórica y la postura de Cuba ante Washington

Sin grandes riquezas naturales, con una extensión territorial que representa aproximadamente el 1 % de la superficie estadounidense y con una población treinta veces menor que la de la potencia del norte, solo una propaganda vil y malintencionada puede sostener que Cuba representa una “amenaza para la seguridad de los Estados Unidos”, como suelen repetir los voceros del Departamento de Estado estadounidense.

Durante más de seis décadas, Cuba ha tenido que sobrevivir al asedio del criminal e ilegal bloqueo —que no es otra cosa que una política de guerra— impuesto por Estados Unidos, una política de guerra cuyo único objetivo es asfixiar la vida cotidiana del pueblo en la isla. Jamás en la historia ninguna otra nación ha sido sometida durante tanto tiempo. Ese es el elevado precio que Cuba ha debido pagar por el “pecado” de elegir ser la artífice de su propio destino.

Ante esta situación, el mismo 3 de enero, luego del ataque de Washington contra Venezuela, el Secretario de Estado, Marco Rubio —con tono irónico— afirmó que “si estuviera en La Habana, estaría preocupado, aunque fuera un poco”. Días más tarde, en uno de sus típicos mensajes de amenazas, Trump afirmó que Cuba debía “negociar antes de que sea demasiado tarde”.

Sin embargo, jamás La Habana se ha negado a dialogar con Estados Unidos, algo que de hecho hace cotidianamente en temas tan importantes como la migración, la lucha contra el narcotráfico o la prevención ante eventos climáticos extremos. Mientras que son los Estados Unidos quienes mantienen una activa política de guerra contra la isla, a lo que Cuba se ha negado sistemáticamente es a que negociar implique una claudicación de su soberanía nacional.

Así lo dejó claro el propio presidente cubano, Díaz‑Canel, quien el pasado viernes, durante la Marcha del Pueblo Combatiente realizada en homenaje a los 32 héroes cubanos caídos en combate, afirmó: “No hay rendición ni claudicación posible ni ningún tipo de entendimiento bajo la base de la coerción o la intimidación. Cuba no tiene que hacer ninguna concesión política, ni eso jamás estará en una mesa de negociaciones para un entendimiento entre Cuba y Estados Unidos. Es importante que lo entiendan.”

Agregando ante la multitud, “Siempre estaremos dispuestos al diálogo y al mejoramiento de las relaciones entre los dos países, pero en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo. Así ha sido por más de seis décadas; la historia ahora no será diferente.”

Artículo publicado originalmente en Brasil de Fato.