Venezuela 2026: pulverizar cuerpos, matriz de traición y resistencias

La invasión del 3 de enero pulverizó cuerpos e infraestructura, pero la batalla decisiva es por no permitir que pulverice la voluntad de un pueblo de ser dueño de su destino. Venezuela, asediada, pero de pie, es hoy el frente más claro de una guerra mundial por los recursos. No es solo por petróleo, es por el derecho a existir como nación soberana

La “Resolución absoluta”

El 3 de enero, entre las 2 y las 5 de la madrugada, Donald Trump y el complejo industrial-militar estadounidense, ejecutaron la operación “Resolución absoluta”. Caracas, La Guaira, Aragua y Miranda fueron atacadas con misiles de última generación dejando más de 100 muertos, cifra conservadora, pues se usaron armas de energía dirigida y proyectiles cinéticos que literalmente pulverizaron cuerpos. La infraestructura militar, civil y sanitaria quedó hecha añicos. Antes y durante el ataque, 10 buques de guerra, el portaviones Gerald Ford y 15.000 hombres cercaban las costas del Caribe. Trinidad y Tobago, en un acto de vasallaje histórico, prestó sus aeropuertos. Como se sabe, secuestraron el presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores. Sin duda, el ataque fue anunciado. Como un matón que te avisa la hora en que te va a golpear, creyendo que su impunidad es ley natural. Y también nosotros creyendo que no se va a atrever a tanto, mucho menos en una madrugada de días de fiesta y asueto escolar por navidad y año nuevo.

Nada de esto es novedoso. Es la culminación sistemática de una guerra de más de 20 años. Desde que el presidente Hugo Chávez Frías logró que la renta petrolera se redistribuyera a través de políticas públicas, Venezuela fue marcada en el mapa del Pentágono. La secuencia es de manual: golpes de Estado, sabotajes económicos, paros petroleros, guerra a la moneda, más de 900 sanciones que son actos de guerra económica, financiamiento de violencia de calle (guarimbas), instigación a la división de la Fuerzas Armadas y una campaña de satanización mediática comparable solo a la histeria anticomunista de la Guerra Fría. Todo financiado y orquestado desde Washington. Trump, quien prometió “acabar con las guerras eternas”, las trajo al “patio trasero” de su Doctrina Monroe. ¿Cómo sostener el derroche energético del american way of life? La respuesta, desde Irak hasta Venezuela, es una sola: saqueando países.

¿Cómo sostener el derroche energético del american way of life? La respuesta, desde Irak hasta Venezuela, es una sola: saqueando países. Foto: AP

La invasión de las mentes

Llevamos años no solo temiendo la invasión de los marines, sino sufriendo la invasión de las conciencias. El verdadero “éxito” imperial ha sido instalar, a través de Hollywood, Netflix, influencers, cadenas mediáticas globales y ONG con doble estándar, una narrativa única: el chavismo es el mal absoluto. Un villano de ficción útil para atacar cualquier proyecto soberano en el Sur Global.

Chávez no solo redistribuyó el petróleo, fue un “error” geopolítico imperdonable: revivió el sueño bolivariano, creó el ALBA, impulsó UNASUR, la CELAC, Petrocaribe y el Banco del Sur. Demostró que “otro mundo es posible” no era un eslogan, sino una política de Estado. Por eso la maquinaria imperialista se ensañó: no solo buscaba derrocar un gobierno, sino extirpar una idea. La lección era clara: si no te alineas serás aniquilado, tanto simbólicamente como físicamente. Los llamados al “cambio de régimen”, desde los grandes medios de comunicación hasta espacios como la OEA, no fueron “opinión”, fueron órdenes de ataque en la guerra híbrida.

Incluso el manejo de la migración por parte de varias ONG y de organismos como la OIM o ACNUR que se prestaron desde el inicio a subastar la realidad económica venezolana a inversores y donantes que auparon e instigaron el proceso migratorio, sin atender la raíz de la migración: las sanciones económicas que asfixiaron a un país que apenas un lustro antes tenía los puntos más bajos en desigualdad en el coeficiente de Gini, había superado el analfabetismo y llevó adelante programas sociales de inclusión en salud, educación, vivienda, identidad, cultura, deporte y hasta en turismo nacional e internacional para ciudadanos de clases populares.

Movilización el sábado 3 de enero en Caracas. Foto: Sofía P

Bombardear y negociar

La estrategia que lleva más de 20 años, pero que ha sido perfeccionada después de la ¿muerte? de Chávez, fue el linchamiento total: negar al sujeto político chavista, estigmatizarlo, intentar borrarlo del mapa real y simbólico. La operación psicológica fue tan “exitosa” que generó en una parte de la población (parte importante de la migración económica venezolana) una especie de síndrome de Estocolmo, donde la víctima abraza la narrativa del victimario. Vivimos en la era de la posverdad (remake de la propaganda nazi de Goebbels), donde una mentira repetida por máquinas de legitimación (grandes medios, organismos “multilaterales” cooptados por una única visión, “artistas” despolitizados) se convierte en “sentido común”.

La gran paradoja es que después de décadas de intentar eliminar al chavismo, el imperio, con todo su arsenal desproporcionado de tecnología bélica y de espionaje, igualmente se ve forzado a negociar con él. Trump y sus halcones, tras el bombardeo, deben sentarse con el gobierno de Maduro. Porque el chavismo es el único interlocutor con arraigo, estructura y capacidad de gobernar el territorio venezolano. Ha pasado de ser la excusa para atacar a la izquierda mundial a ser una piedra en el zapato que debe ser “administrada”. El imperio no negocia con sombras, negocia con poder real. Y el poder real, tras la derrota de sus planes de ingeniería social y guerra no convencional, es chavista.

Tras los fracasos por lograr el buscado “cambio de régimen”, la estrategia del gobierno estadounidense fue de la decapitación al amedrentamiento y la coerción. En ello se llevaron por el camino a María Corina Machado, quien representa los intereses de la oligarquía añeja venezolana. Nieta e hija de los “grandes cacaos” o dueños de tierras e infraestructura multimillonaria en el país, María Corina ha dedicado su vida política a eliminar el chavismo. Desde sus inicios lideró el ala más radical y beligerante del antichavismo, llamando abiertamente a la insurrección militar, la guerra civil y finalmente a la intervención militar extranjera. No logró nada a término, pero ha causado daños irreparables. Tampoco logró ser la adalid nombrada por la Casa Blanca para liderar la supuesta “transición”.

El fracaso de María Corina Machado merece otro párrafo porque no sólo dejó en ridículo a la institución del Premio Nobel, también a la venezolanidad y la condición soberana de América Latina, con la concesión cuasi de rodillas de la medalla del premio a Trump, a cambio de atención y/o poder. También porque parte de la escalada de atentados contra la estabilidad de Venezuela, fue el llamado a fraude de la elección presidencial de 2024. Unas elecciones que estuvieron dinamitadas desde el principio por la reedición de guarimbas (violencia de calle financiada), guerra psicológica y un contexto marcado por las sanciones económicas y la inflación que las mismas generaron por años en la cotidianidad venezolana. Sin mencionar el doble rasero al respecto de las elecciones en cuanto se refiere a Venezuela, en comparación a Ecuador, a México (Felipe Calderon, por ejemplo), recientemente a Honduras, y a los mismos procesos electorales en EE.UU., acusados especialmente con y por Trump, por nombrar unos pocos.

Pintada en Cúcuta, Colombia. Foto: Es Ahora Colombia

El psicópata y sus socios de saqueo

¿Quién parará al psicópata naranja? Trump no es un desquiciado solitario, es la expresión cruda de un sistema desquiciado. Anunció que dirigirá directamente Venezuela, resucitó la Doctrina Monroe (que él llama “Donroe”), y su vicepresidente, Vance, habla de recuperar la “supervisión del vecindario” que le pertenece “hace 200 años”. Es lenguaje de capo mafioso. Para imponer este nuevo “orden”, pulverizaron el derecho internacional. Durante el comienzo del juicio ilegal al presidente Maduro, tuvieron que aceptar que el Cartel de los Soles es un invento, lo que constituye la guinda de un pastel que vienen cocinando con muy poco tino diplomático, pero con asertividad en la construcción de falsas y descaradas narrativas que justifiquen la coacción, el chantaje y la invasión militar como formas de relacionarse con el resto del mundo.

Junto a Netanyahu, están escribiendo un manual basado en el genocidio, la extracción violenta de recursos y la repartición del botín entre élites. La prueba gráfica de su miseria moral son las imágenes reales de los niños mutilados en Gaza contrastadas con el vídeo animado por IA del lujoso resort en Gaza, que Trump compartió fanfarronamente desde sus redes. Ese es el “espíritu” del nuevo orden: tras la masacre, se ostenta y subasta la “reconstrucción” capitalizada por sus empresas. Mientras, en Venezuela, hay una institucionalidad que resiste: una nueva Asamblea Nacional instalada, gobernadores y alcaldes electos. Maduro, conectando como líder secuestrado, pero en pie, promueve diálogos incluso con la ONU. Pero también hay realpolitik.

Durante el comienzo del juicio ilegal al presidente Maduro, tuvieron que aceptar que el Cartel de los Soles es un invento, lo que constituye la guinda de un pastel que vienen cocinando con muy poco tino diplomático. Foto: Susana Velazquez

Derrotar la matriz de la traición

La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo ha dicho con contundencia: “Ningún agente externo gobierna Venezuela”. Es la consigna cerrada ante la matriz de la traición que lanzó, cual anzuelo, el mismo Donlad Trump en ese discurso ominoso que dictara tras el bombardeo a Caracas y otras ciudades.

El plan fue crear y profundizar la desconfianza y la presión mutua. Desde la muerte de Chávez esa ha sido la estrategia. Ahora, sin Maduro vuelve a redituarse, pero en un contexto de coacción absoluta, donde se juega tanto la paz evitando otro bombardeo (ya amenazado), como la posibilidad necesaria de regresar a cierta normalidad económica con el levantamiento de sanciones y la venta de crudo a EE.UU. y otros países.

El desafío es mantener la cohesión interna y la legitimidad frente a las bases del chavismo, y también ante una necesaria reconciliación nacional de talante soberanista. En ese sentido, la recién instalada Asamblea Nacional es el espacio idóneo para tal fin, donde líderes históricos de la oposición al chavismo, como Timoteo Zambrano, se han pronunciado contra la intervención militar extrajera.

Superar la matriz de la traición implica reafirmar la soberanía como principio irrenunciable, incluso en medio de negociaciones forzadas por la asimetría de poder. Foto: Reuters

Superar la matriz de la traición implica reafirmar la soberanía como principio irrenunciable, incluso en medio de negociaciones forzadas por la asimetría de poder. La resistencia se expresa en la continuidad del Estado, en la movilización popular de apoyo y en la búsqueda de alianzas internacionales con actores como Rusia y China que, si bien responden a su propia realpolitik, contribuyen a un mundo multipolar.

Sin embargo, la realidad impone negociación. El gobierno actual debe manejar un doble frente: contener las exigencias de Washington, que busca el control del petróleo y la alineación geopolítica, mientras gestiona las tensiones internas dentro del chavismo y las Fuerzas Armadas. La situación exige concesiones dolorosas, pero el límite ético y político está en no cruzar la línea que convertiría al gobierno en un administrador colonial de los intereses estadounidenses.

El camino para derrotar la matriz de la traición es, en última instancia, cultural y político. Se requiere: renovar la narrativa bolivariana y chavista, conectándola con las urgencias presentes y con un horizonte que resuene en las nuevas generaciones; actualizar nuevos sentidos comunes antiimperialistas a escala global, denunciando la violación del derecho internacional y la hipocresía del orden basado en la moral de Trump o “mi propia moral como límite” (Trump dixit); fortalecer una diplomacia de los pueblos que active la solidaridad internacional, más allá de los gobiernos cómplices, y mantener una paz con soberanía y justicia social, que sea el antídoto contra la inacción impuesta por el miedo y el saqueo.

La invasión del 3 de enero pulverizó cuerpos e infraestructura, pero la batalla decisiva es por no permitir que pulverice la voluntad de un pueblo de ser dueño de su destino. Venezuela, asediada, pero de pie, es hoy el frente más claro de una guerra mundial por los recursos. No es solo por petróleo, es por el derecho a existir como nación soberana. O nos rebelamos desde cada espacio o aceptamos el porvenir de un mundo convertido en un resort para élites, construido sobre nuestros escombros y nuestra dignidad enterrada.