Por Javier Calderón

Empieza la campaña electoral ecuatoriana que definirá la presidencia y la composición de la Asamblea Nacional el próximo 7 de febrero. Catorce listas se presentaron para competir con formulas presidenciales y listas para el legislativo, una importante atomización de ofertas electorales que a primera vista no muestra el debate principal: la consolidación restauradora liderada por los socialcristianos o el retorno de un proyecto antineoliberal liderado por el correísmo.

Fragmentación de las derechas

El grupo de poder dominante se concentra en la candidatura de la fórmula Guillermo Lasso-Alfredo Borrero, representando a CREO-PSC. Esta es la candidatura del poder tradicional de los grupos conservadores y en especial del Partido Social Cristiano, que está empecinado en retornar al poder con liderazgos propios. Lenín Moreno sirvió como transición e hizo una parte del trabajo de retorno al neoliberalismo y al autoritarismo que les caracteriza. Pero quieren más: ampliar las relaciones de sumisión con EE. UU. y ampliar la rentabilidad de sus ganancias empresariales a través de la privatización de empresas estatales y la disminución sustancial del salario real de las y los ecuatorianos.

Junto a Lasso, aparecen otros viejos liderazgos neoliberales como el del expresidente Lucio Gutiérrez (2003-2005) quien no terminó su mandato tras las masivas protestas indígenas y sociales del 2004-2005. También será candidato el empresario Álvaro Noboa que disputó la presidencia sin éxito en 1998, 2002, 2006, 2009 y 2013. Otros grupos que provienen de esas mismas formaciones políticas, como Guillermo Celi del partido SUMA, se postulan con muy bajas posibilidades de ganar, pero con el objetivo de tener representación en la Asamblea Legislativa y negociar votación en un posible Ballotage.

En los escenarios de atomización electoral también es recurrente que grupos políticos se expresen como “independientes” aunque sus programas tengan marcadas orientaciones liberales o conservadoras. Es el caso del grupo anticorreista liderado por César Montufar, que ganó visibilidad en el marco de la guerra judicial o LawFare, como un protagonista de las demandas contra el entonces vicepresidente Jorge Glas. Incluso aparece una candidatura evangelista, liderada por el pastor brasilero-ecuatoriano Gerson Almeida, de la Iglesia Ministerio Betel Casa Apostólica en Ecuador, quien tiene un fuerte discurso antiderechos.

La debacle de la gestión presidencial de Lenín Moreno llevó al movimiento Alianza País hacía la derecha y tendrá una candidatura con muy poca chance: Ximena Peña – Patricio Barriga, dos nombres que no dicen casi nada. Es una candidatura pensada como salvavidas para arrastrar las listas a la Asamblea Legislativa. En ese mismo sentido se presentan otros grupos como Construye Ecuador, liderado por el cantante Juan Fernando Velasco, ex aliados de la Revolución Ciudadana, que en su momento apoyaron a Lenín Moreno y ahora pretenden orientar su propio espacio político. Es muy probable que estas fórmulas no superen el umbral del 4% y obtengan una muy baja o casi nula representación parlamentaria.

La esperanza progresista

En el campo antineoliberal se presentan dos candidaturas con una representación política importante. La fórmula de la Unión por la Esperanza, liderada por Andrés Arauz, exmininistro de Conocimiento y Talento Humano (2015-2017) acompañado del periodista Carlos Rabascall. Ambos tienen la enorme responsabilidad de generar confianza en el electorado correísta –que según encuestas llega al 30 % del total– luego de la traición de Lenín Moreno, quien fue designado por ese electorado y aún así gobernó en su contra.

La fórmula Arauz-Rabascall deberá seducir a una porción de la población que está golpeada por la restauración neoliberal, que salió a la movilización popular del 2019 y fue víctima de la brutal represión estatal. Y también deberá convocar a todos los afectados por el pésimo manejo sanitario y económico de la pandemia. Moreno aplicó un plan de ajuste impuesto por el FMI en medio de la peor crisis mundial en las últimas décadas. Arauz también deberá enfrentar al poder mediático y político que protagonizó la guerra judicial y la persecución conocida como LawFare.

La otra candidatura antineoliberal es la del Movimiento de Unidad Plurinacional- Pachacutik (MUPP), liderada por Yaku Pérez, prefecto provincial de Azuay. El MUPP tiene un programa indigenista, contrario al neoliberalismo y el extractivismo, y muy crítico del expresidente Rafael Correa y del progresismo latinoamericano. El sector liderado por Pérez decidió no apoyar a Evo Morales en medio del golpe de Estado, bajo la tesis del fraude electoral como lo expresó el propio Pérez de forma pública. En el 2017, un sector de este movimiento decidió su apoyo a Guillermo Lasso en el ballotage.

Los ejes de debate y los escenarios de disputa

La derecha en sus múltiples versiones, y principalmente la liderada por el banquero Guillermo Lasso, estará orientada a utilizar el relato de Lawfare. Apuntará sobre la fórmula Arauz-Rabascall como la continuación de la supuesta corrupción de los dos gobiernos de Rafael Correa, contarán con el apoyo de los medios de comunicación empresariales, de la derecha internacional y de los recursos del Estado. Lenín Moreno tiene como única salida una transición hacía la derecha, para que los escándalos de corrupción, el mal manejo de la pandemia y el mal gobierno en general no se conviertan en procesos judiciales.

Para las candidaturas alternativas, en especial, para la campaña de Arauz-Rabascall, el eje de debate será la recuperación económica. Mostrar la debacle del país en distintos ámbitos, el endeudamiento ante el FMI, el retorno de las bases militares de los EE. UU. y el desastroso manejo de la pandemia, no sólo de Lenín Moreno, sino de los gobiernos socialcristianos en Guayas y Guayaquil, luego de que se vivieron las terribles escenas de cadáveres sin recoger en las calles y en las casas, y uno de los mayores escándalos de corrupción de la pandemia por los sobreprecios de insumos médicos y hospitalarios.

El desafío de la campaña electoral para el correísmo será mostrar un antes y un después: comparar el bienestar desarrollado en sus ocho años previos de gobierno y el deterioro de los últimos cuatro años. No se puede olvidar que en 2017 Guillermo Lasso llamó a no reconocer la victoria de Alianza País y generó un escenario de crisis, que luego se disipó por la orientación de Lenín Moreno de atacar a su electorado y al expresidente Rafael Correa.

Será una dura batalla política, pues los medios de comunicación harán hasta lo imposible para mostrar el relato oligárquico de Guillermo Lasso, proyectándose como un banquero exitoso, que quiere poner toda su habilidad empresarial para gobernar al Ecuador. Una falacia que se conoce bien en Latinoamérica y ya ha sido utilizada por Macri en Argentina, Fox en México, Piñera en Chile para llegar al gobierno y hacer gestiones a favor del 1 % de la población que representan.

Los ejes de la campaña girarán entre la retórica de la posverdad utilizada por la derecha ecuatoriana y el retorno a la política que propone el correísmo. La campaña recién empieza, pero se avizora un final abierto y disputado, que cerrará el camino a muchas de las múltiples propuestas electorales y se centrará en un debate cuerpo a cuerpo entre Lasso y Araúz. Será otra batalla más de todo el continente, entre la ofensiva conservadora y los procesos de independencia.