“Leer a Mariátegui es fundamental en estos tiempos”

Entrevista al intelectual argentino Hernán Ouviña sobre José Carlos Mariátegui. Heterodoxia de la tradición y otros escritos, donde recopila más de cincuenta textos el intelectual marxista peruano.

Volver a José Carlos Mariátegui, una y otra vez, hasta que los pueblos de nuestro continente forjen el camino hacia la liberación. Para eso, qué mejor que la lectura de la vasta obra del intelectual peruano, nacido en 1894 y fallecido en 1930. Desde la crónica periodística sobre la vida en un circo hasta documentos partidarios, pasando por críticas de cine y la reflexiones sobre la cuestión indígena o el fascismo en Europa, el Amauta dejó como legado un sinfín de hipótesis, trayectos e ideas que forman una praxis rica y vigente.

En José Carlos Mariátegui. Heterodoxia de la tradición y otros escritos, el politólogo y doctos en Ciencias Sociales Hernán Ouviña, recopila una selección de textos dispersos, pocos conocidos o que todavía marcan el pulso de América Latina, que el marxista peruano publicó en diversos medios a lo largo de su vida.

El libro, publicado recientemente por la editorial Batalla de Ideas, contiene más de cincuenta escritos y un estudio introductorio profundo y revelador, confeccionado por el propio Ouviña, que desde hace varios años trabaja sobre la praxis de Mariátegui.

En ARGMedios hablamos con Ouviña sobre este nuevo libro, el legado del marxista peruano en América Latina y los desafíos actuales a través del lente de la militancia e ideas del Amauta.

—¿Qué importancia tiene reunir esta selección de material publicado en varias revistas y periódicos?

—Hemos reunido una parte relevante pero no la totalidad del material. Con lo escrito por Mariátegui podríamos construir numerosos y extensos tomos, ya que fue un periodista y teórico sumamente prolífico, a pesar de fallecer muy joven. Incorporamos lo que consideramos más destacado de su producción, entre ellos algunos textos que no son tan conocidos —salvo parcialmente en Perú— o que nunca han circulado en Argentina. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que aquellos escritos del período que el propio Mariátegui denominó su “edad de piedra” (básicamente su etapa juvenil previa a su viaje a Europa) son prácticamente ignorados, aunque varios resultan muy potentes e imperecederos. A su vez, una segunda cuestión relevante es que en las sucesivas ediciones de las llamadas “obras completas” publicadas por su familia, no se incluyeron ciertos artículos periodísticos ni tampoco su correspondencia.

—¿Qué novedades se incluyeron en este libro?

—En la compilación hemos incorporado epístolas, reseñas y notas que nos muestran a un Mariátegui más multifacético y vital. Decidimos ordenar los textos cronológicamente, para poder dar cuenta de lo que Antonio Gramsci definió como “el ritmo del pensamiento”. Y siendo fieles a la afición de Mariátegui por el cine, la edición la concebimos como un delicado ejercicio de “montaje”, enlazando los escritos a partir de ciertos núcleos temáticos que lo obsesionaron y constituyen sus principales aportes.

—¿Qué importancia tiene releer a Mariátegui?

—Justo este año se cumple un siglo de la creación y publicación de la revista Amauta, de la que Mariátegui fue su principal artífice, y volver a leerlo es fundamental en estos tiempos donde parece predominar el desconcierto y la resignación. Salvando las distancias, él vivió un contexto de crisis aguda, de derrota de las apuestas revolucionarias e irrupción del fenómeno fascista. Intentó pensar de manera creativa cómo enfrentar una situación adversa en las que las guerras fratricidas, la voracidad imperial y la debacle de las democracias liberales generaban una situación crítica que tendía a ser capitalizada por la extrema derecha. Mariátegui buscó comprender estos fenómenos a nivel mundial no como un mero espectador, sino para intervenir y revertir esas tendencias destructivas desde una praxis revolucionaria colectiva y enraizada. Si bien asumía que muchos de esos flagelos respondían a causas globales, no descuidó jamás la singularidad de la realidad latinoamericana, e incluso peruana, ni tampoco renegó del proyecto emancipatorio y socialista al que aspiraba. Eso sí: debía ser una creación heroica de los pueblos.

—En la realidad de hoy de América Latina, ¿es necesario retornar a Mariátegui?

—Revitalizar su obra como referencia clave del pensamiento crítico latinoamericano es urgente para entender las causas profundas de una crisis que, en la actualidad, tiene preocupantes parecidos con aquella que él analizó en la década de 1920. Además, su registro de escritura y de indagación de la realidad “un poco periodístico y otro poco cinematográfico”, como él mismo solía decir, resulta ameno para la lectura en estos tiempos. A su vez, funge de potente material para quienes tengan ganas de formarse a nivel político, o bien para aquellos o aquellas que estén ávidos de estudiar tanto la historia de Nuestra América como lo que acontece hoy en “la escena contemporánea”, desde un prisma que contempla los factores socioeconómicos y políticos pero también los espirituales y la potencia de las utopías.

—La lectura de los artículos muestran a Mariátegui como un polemista. ¿Esta característica se perdió dentro del amplio campo de la izquierda?

—Ese es un rasgo que comparte con muchas otras figuras de su época, como Rosa Luxemburgo, Gramsci o Lenin. En su caso, era un polemista nato, pero con altura, tomando en serio las hipótesis e ideas de sus oponentes, retroalimentando las propias a partir de ese contrapunteo dialéctico en el que la confrontación siempre daba sus frutos y permitía clarificar posiciones, sin necesidad de apelar a descalificaciones agresivas. El debate público —y, por qué no, también el más intimista al interior de los múltiples espacios que habitaba— resultaba un combustible fundamental para construir y potenciar el pensamiento crítico y librar una batalla de ideas integral, que por cierto distaba de estar confinado a los ámbitos académicos o elitistas. Para Mariátegui era tan importante la discusión en círculos obreros, en tertulias intelectuales o en universidades populares gestadas desde abajo, como en periódicos y revistas de gran circulación y considerable tirada.

Además, en él hay una vocación pedagógica y de persuasión en cada querella que entabla, pero no desde una posición soberbia ni de alguien que “ilumina” o pretende imponer una línea férrea. Por eso, solía tener como punto de partida la conversación, que desde el vamos requiere de escucha mutua y el asumir que no se tiene toda la verdad. Me gusta pensarlo más como un estudiante con ansias de aprendizaje y de nutrirse de otros saberes, que en tanto “estudioso” o erudito sabelotodo. Incluso en la revista Amauta, fundada y dirigida por él, solía publicar notas y artículos de figuras con las que no coincidía ni comulgaba, ya sea en términos estéticos o estrictamente políticos, lo cual da cuenta de su heterodoxia y antidogmatismo.

—En medio de esas polémicas también se puede observar a Mariátegui como un intelectual multifacético.

—De hecho, sus más importantes creaciones, que van de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana al Partido Socialista del Perú, e incluye a las tesis sobre las razas en América Latina y acerca de la lucha antiimperialista, no pueden comprenderse si no es sobre la base de un conjunto de polémicas que supo entablar en sus últimos años de vida: con la corriente indigenista en su tierra natal, el proyecto político del APRA encabezado por Haya de la Torre, y la lectura que la Internacional comunista realizaba de la realidad latinoamericana. La suya fue, por tanto, una pelea simultánea contra varias iglesias y ortodoxias, por revitalizar el marxismo en diálogo constante con lo mejor de su época. Esta vocación polemista era a la vez profundamente dialógica, de apertura y respeto, aunque por supuesto no equivalía a ser condescendiente ni a transigir en sus convicciones ético-políticas. Por desgracia, y aunque sin duda hay excepciones, hoy no abunda tanto en el amplio campo de las izquierdas, más propensas a monologar y a reafirmar certezas que a ejercitar la apertura, la búsqueda mancomunada o la indagación desprejuiciada a partir de otras coordenadas y aportes ajenos a sus respectivas tradiciones ideológicas.

—¿Cuáles son las lecciones de Mariátegui para la actualidad de América Latina?

—Muchas, sin lugar a dudas. La primera es que el problema de los pueblos y comunidades indígenas, tanto en Argentina como en el resto del continente, es sobre todo el problema de la tierra, o del territorio si lo pensamos en una clave más amplia. Este es un punto de partida ineludible si queremos empezar a discutir el colonialismo interno en nuestro país y en Abya Yala, que remite tanto al racismo estructural como al despojo sistemático que han sufrido y persiste hasta nuestros días. Una segunda cuestión que resulta fundamental es su propuesta de “nacionalizar” el marxismo, es decir, de no concebirlo como un itinerario o sistema cerrado que simplemente se aplica, sino en tanto brújula que permite orientar las luchas populares y el andar colectivo, sin replicar esquemas ni modelos forjados en otras latitudes. Mariátegui sintetiza esta original lectura en su conocida consigna “ni calco ni copia”. Aquí empalma con una larga tradición que va de Simón Rodríguez, que planteó tempranamente el lema “inventamos o erramos”, a José Martí, para el que “crear” era la palabra de pase de las nuevas generaciones latinoamericanas.

—¿Podrías definir el marxismo de Mariátegui?

—El suyo es un marxismo “aclimatado”, como le gustaba llamarlo, un pensamiento crítico y una filosofía de la praxis que se edifica desde las tradiciones autóctonas de lucha y en base a la revitalización de una memoria histórica de mediana y larga duración, aunque sin desestimar los aportes de aquellas corrientes teóricas y experiencias prácticas gestadas por fuera de nuestra región. Mariátegui entiende que la revolución en América Latina no puede concebirse como en Europa occidental, a partir exclusivamente de un sujeto proletario o una clase obrera industrial y urbana, sino que requiere ser construida desde un crisol de sectores populares que incluyen en primer lugar al campesinado y a los pueblos indígenas, pero también a actores y grupos subalternos que van del movimiento estudiantil al feminismo, pasando por las vanguardias artísticas, las y los maestros o la intelectualidad crítica. Otro aporte es la centralidad que le otorga al mito, no como una mentira o ficción, sino en tanto fuerza catalizadora que rompe con el desencantamiento del mundo y estimula a la acción, nos conmueve e impulsa a transformar la realidad desde la emotividad, la energía vital y la imaginación política. No la posibilidad de construir una voluntad colectiva sin recrear la fe en un proyecto compartido.

—¿Dónde se ubica la cuestión del imperialismo en la praxis de Mariátegui?

—Fue uno de los primeros que analizó la estrecha relación entre imperialismo y capitalismo en realidades periféricas como la que nuestro continente. El antiimperialismo para él era más que una consigna: constituía una apuesta estratégica de ruptura de la condición neocolonial y debía ser articulada con un combate frontal contra las formas concretas de explotación y sometimiento que asumía la acumulación del capital y el saqueo brutal sufrido en América Latina. Dicha lucha de liberación no podía ser llevada adelante por la burguesía; era la propia clase trabajadora, en alianza con otros sectores sojuzgados como las masas campesinas e indígenas, quienes debían librar esta batalla trascendental. En su praxis también podemos destacar su sensibilidad ante el arte y las manifestaciones contraculturales, y su interés por la educación popular y la formación política. Para Mariátegui, la disputa no se reducía a la dimensión de lo económico —a la cual por supuesto le otorgaba importancia— sino que incluía un profundo trastocamiento en la subjetividad de las masas, que requería de inteligencia, autoconciencia y pasión al mismo tiempo. La compilación del libro está pensada justamente en este sentido: como un material que no solo nos acerca al pensamiento crítico del Amauta, sino que busca brindar herramientas para el análisis de nuestra realidad, contagiando esperanza desde el optim