Durante los días de la fase de eliminación del mundial se multiplicaron publicaciones que describían a los argentinos como racistas, soberbios o violentos. La velocidad y la simultaneidad con que esos contenidos se expandieron abren interrogantes acerca de si se trató únicamente de reacciones espontáneas de usuarios o si existieron mecanismos de amplificación coordinada.
En los últimos años quedó demostrado que existen empresas dedicadas a gestionar granjas de perfiles falsos, cuentas automatizadas y campañas de manipulación digital al servicio de distintos intereses políticos, económicos o comerciales. También es frecuente que esas estrategias encuentren amplificación en influencers o referentes con millones de seguidores cuya capacidad de instalar temas supera, muchas veces, el nivel de información que poseen sobre ellos.
Uno de los casos más comentados durante el Mundial fue el del streamer conocido como Speed, quien quiso mufar a la selección argentina durante gran parte del torneo y protagonizó varios episodios de repudio que rápidamente se viralizaron. Paralelamente, distintos influencers sostuvieron en redes sociales la hipótesis de que detrás de parte de la campaña existían operaciones provenientes de agencias internacionales vinculadas a intereses israelíes, europeos y estadounidenses.
La utilización de redes sociales para construir climas de opinión tampoco constituye una novedad. Diversos especialistas han señalado el papel que tuvieron las plataformas digitales, los algoritmos y los nuevos formatos de comunicación política en campañas electorales recientes, tanto en Argentina como en otros países.
Sin embargo, el Mundial 2026 mostró un fenómeno particular: una parte importante de las críticas dirigidas hacia la selección argentina trascendió lo estrictamente deportivo y comenzó a incorporar cuestiones políticas, culturales e incluso geopolíticas. La bandera desplegada por el plantel en defensa de la soberanía sobre las Islas Malvinas pareció convertirse en uno de los puntos de mayor intensidad de esa discusión.
Las redes sociales funcionan privilegiando la reacción inmediata. Los algoritmos premian los contenidos capaces de generar enojo, adhesión o indignación porque esas emociones producen más interacciones y, por lo tanto, mayor rentabilidad para las plataformas. En ese contexto, la desinformación, la exageración o la simplificación de los hechos suelen transformarse en herramientas eficaces para alcanzar millones de visualizaciones.
Durante los últimos años distintos espacios políticos también aprendieron a utilizar esa lógica comunicacional. En Argentina, La Libertad Avanza logró construir buena parte de su crecimiento apoyándose en redes sociales, mientras que el Campo Nacional y Popular tiene dificultades para comprender el funcionamiento de los nuevos entornos digitales y el impacto de la inteligencia artificial sobre la comunicación política.
La consecuencia es que la verdad queda reducida a la dinámica algorítmica. Los contenidos que más circulan no necesariamente son los más rigurosos sino aquellos que generan mayor interacción. En ese escenario resulta indispensable preguntarse quiénes producen determinadas narrativas, desde dónde se impulsan y qué intereses económicos o políticos existen detrás de ellas.
El mecanismo ha sido revelado en muchos países donde ganó la ultraderecha. Empresas de comunicación digital ofrecen servicios para modificar conversaciones públicas mediante perfiles falsos, campañas sincronizadas y difusión masiva de contenidos engañosos. La repetición permanente de una misma consigna puede generar la sensación de que existe un consenso social cuando, en realidad, se trata de una estrategia artificial de amplificación.
En paralelo, el negocio de las apuestas deportivas alcanzó durante el Mundial cifras récord. Este hecho abre otra línea de investigación: hasta qué punto determinadas campañas digitales pudieron contribuir a generar climas de opinión favorables para distintos mercados de apuestas, legales o ilegales. Instalar sospechas sobre supuestos favoritismos arbitrales o sobre un campeonato “comprado” no solo alimenta la confrontación entre hinchadas, sino que también puede influir sobre decisiones económicas de millones de apostadores.
En los últimos años investigaciones periodísticas internacionales también revelaron la existencia de organizaciones dedicadas a realizar operaciones de manipulación digital a escala global. Entre ellas se encuentra la agencia israelí Team Jorge, cuya estructura fue expuesta por un consorcio internacional de periodistas y que contaba con herramientas para administrar miles de perfiles falsos, hackear comunicaciones privadas e intervenir en campañas políticas. Si bien no hay pruebas fehacientes que vinculen directamente a esa organización con los hechos ocurridos durante el Mundial 2026, su existencia demuestra que este tipo de operaciones forman parte de una realidad.

¿Para qué una campaña sucia contra Argentina?
Las consecuencias de estos procesos exceden el ámbito digital. La construcción deliberada de escenarios de confrontación se traducen en expresiones de odio, violencia o xenofobia que condicionan la manera en que las sociedades interpretan conflictos políticos e internacionales.
Las razones son económicas porque ya expusimos que el fin de las redes es vender ya sea un producto (las apuestas), o movilizar pasiones políticas para que se elijan presidentes o legisladores con el fin de que las élites hagan negocios con los recursos naturales como en el caso de Argentina.
En diálogo con ARG Medios, la Socióloga y Dra. Comunicación Verónica Sforzin sostuvo:
“La disputa cultural geopolítica está abierta. Por un lado está la cultura woke progresista caracterizadas por los reaccionarios y por otro lado los neo-reaccionarios según la caracterización de los progresistas europeos.”
Sobre la lógica que domina actualmente las redes, explicó:
“Si sos hombre joven y apostate tenés que hacerte cargo y hacerte libertario. Por otro lado, si sos de una minoría tenés que ser progresista, demócrata y estar en contra de los neo reaccionarios de la derecha mundial. Están generando una antinomia solamente porque Messi estuvo reunido con Trump de manera lineal.”
Para Sforzin, la utilización política de esa polarización quedó expuesta luego de que la selección argentina exhibiera la bandera con la consigna “Las Malvinas son Argentinas”.
Finalmente concluyó:
“Esta linealidad al sur global no le sirve, esta antinomia cultural al sur global no le conviene porque el pueblo argentino tiene que estar unido y lo que se demostró con el despliegue de esa bandera fue que el pueblo salga a la calle de distintos sectores sociales, sacándose el miedo de que pase algo. Nos conviene que estén todos: los hombres jóvenes, las mujeres, las minorías de género en la calle defendiendo la soberanía argentina.”
El Mundial 2026 dejó en evidencia que la disputa deportiva también puede convertirse en una disputa comunicacional. Determinar quiénes impulsan determinadas narrativas, con qué recursos y con qué objetivos constituye hoy un desafío central para comprender el funcionamiento del ecosistema digital contemporáneo.
Lo peligroso de todo esto es que la confusión orquestada se expresa en odio en redes y violencia en las calles ya sea para justificar invasiones o que se hagan actos de violencia explícita por cuestiones racistas o xenófobas.
Estas pasiones también movilizan al votante indeciso. Generan grieta y pelea entre pobres. En definitiva, si dividen al pueblo argentino pocos van a defender los recursos naturales que vienen a saquear empresas extranjeras.
Nadie en el exterior va ayudar al pueblo argentino cuando petroleras británicas e israelíes exploten en Malvinas, ni la entrega del territorio nacional mediante la nueva Ley de Tierras impulsada por el gobierno de Javier Milei.









