De Brasil a la Argentina, el desafío de organizar la resistencia

La victoria de Lula mostró que la comunicación digital puede ampliar una campaña, pero no reemplaza la construcción territorial ni los movimientos populares. Una experiencia que interpela al campo popular argentino de cara a 2027.

El episodio del Bixiga

En un “boteco” del Bixiga, en San Pablo, sonó Asa Branca. Es el baião que Luiz Gonzaga y Humberto Teixeira grabaron en 1947: la sequía, la partida del sertanejo, la esperanza de volver. En ese mismo barrio, en un bar de reggae, una bandera del MST junto a la bandera de Brasil. La gente que frecuenta ese bar es progresista, pero no milita en el movimiento: no participa de las reuniones de base ni conoce el programa agrario. La bandera, sin embargo, estaba ahí, puesta junto a la brasileña como un emblema de identidad.

El episodio admite dos lecturas. La primera: el MST consiguió algo que pocos movimientos populares logran, que su símbolo circule fuera de su base, en sectores urbanos sin relación directa con la tierra. La segunda: esa circulación no se traduce en organización por sí. Ambas cosas son ciertas, y la distancia entre una y otra es el problema político que este texto intenta problematizar.

Una victoria defensiva

Conviene decirlo sin vueltas: la victoria de Lula fue defensiva. La extrema derecha perdió la elección, pero no el poder acumulado en el Congreso, en los gobiernos estaduales, en los medios, en el capital financiero y en amplios sectores de la sociedad. El bolsonarismo es un movimiento social y político que trasciende al partido y al candidato: se articula en las iglesias evangélicas, en el crimen organizado, en un conservadurismo rural con base en los medianos y grandes propietarios, y ha penetrado en la clase trabajadora más vulnerable y desorganizada. Esa capacidad de amplificación no desapareció con el resultado electoral.

El resultado, sin embargo, se explica por una combinación de factores. Hubo medidas populares que llegaron al bolsillo: la jornada de trabajo 6×1, los programas de transferencia al transporte público, Bolsa Família, etc. En segundo lugar, hubo una militancia autónoma, con capacidad de convocatoria y de guardia, que sostuvo la campaña cuando la estructura partidaria no alcanzaba ni tuvo la capacidad de ponerse a la cabeza. Cambió el método: menos actos políticos endógenos y más diálogo cara a cara, más recorrido territorial, más trabajo por sector. Sectores del centro y de la derecha civilizada se sumaron al rechazo del fascismo, y la palabra de sesenta obispos católicos tuvo un peso que no se mide solo en votos. Todo eso, junto al miedo al regreso de Bolsonaro y a perder derechos, configuró una mayoría.

Pero la campaña se apoyó en la idea de no volver al pasado y no alcanzó a cristalizar claramente un proyecto de futuro. Las denuncias sobre el adversario, por justas que sean, no acumulan por sí solas si no hay un proyecto donde canalizar las esperanzas y las frustraciones. Por suerte está Lula, que con sus más de 80 años se puso la campaña al hombro y su figura canaliza esas esperanzas y contiene frustraciones.

La crítica no sustituye la construcción de una alternativa. Sin proyecto, la energía se dispersa; sin organización, se agota. La victoria abre un tiempo de respiro, no un cambio de época. El riesgo principal es confundir el respiro con la transformación. Si el gobierno se limita a administrar lo existente y el campo popular se repliega a la defensa de lo conquistado, la correlación de fuerzas no cambiará. En ese hueco aparece el MST y un conjunto de movimientos populares: no como símbolo, sino como una de las estructuras organizadas más sólidas del campo popular brasileño.

La tarea, en Brasil y en la Argentina, incluso latinoamericano, es convertir la simpatía y la resistencia en organización.

El MST y la construcción de hegemonía

El MST lo acumuló en el terreno más conflictivo. Nació en 1984, en Cascavel, Paraná, de una reunión de 92 dirigentes campesinos que venían de un proceso iniciado dos años antes en Goiânia, cuando 30 trabajadores rurales y 22 miembros del clero, convocados por la Comisión Pastoral de la Tierra, decidieron que hacía falta un movimiento campesino nacional y autónomo. En aquel país todavía pesaba la dictadura empresarial-militar y la modernización forzada del agro expulsaba a miles de familias. Ocupar la tierra era un acto de supervivencia y, a la vez, un acto político.

La credibilidad también se construye en la vida cotidiana de los asentamientos: escuelas, cooperativas, producción de alimentos, brigadas de solidaridad, capacidad de responder cuando el Estado no responde. Durante la pandemia, el MST organizó brigadas, distribuyó alimentos producidos en los asentamientos y sostuvo comedores populares.

La pregunta es cómo un movimiento sectorial se convierte en una fuerza política nacional. La respuesta está en la categoría de hegemonía.

Antonio Gramsci enseñó que en las sociedades complejas la lucha de clases no se decide solamente en el aparato estatal, sino en la sociedad civil: en las escuelas, las iglesias, los sindicatos, los medios, las prácticas culturales. La conquista del poder requiere una guerra de posición, es decir, la construcción de un consenso alrededor de un proyecto de sociedad. El MST entendió tempranamente que la reforma agraria no se conquistaría solo con la fuerza de los campesinos, sino movilizando a sectores más amplios y colocando la cuestión agraria en el centro de un proyecto político-económico que respondiera a las necesidades de la mayoría.

El núcleo de su estrategia es universalizar una demanda particular. La tierra no es solo un problema de los sin tierra; es soberanía alimentaria, precio de los alimentos, salud pública, medio ambiente, empleo, democracia. Cuando el MST corre el eje desde la propiedad de la tierra hacia el modelo de producción y consumo, deja de hablarle solo a su base y empieza a hablarle al conjunto de la sociedad. Esa operación convierte una reivindicación sectorial en una cuestión nacional.

El límite está en la escena del Bixiga. La bandera junto a la brasileña indica que la hegemonía cultural existe: esa gente comparte los valores del movimiento, lo defiende en una conversación. Pero no es orgánica: no milita, no organiza, no participa. La simpatía cultural no sustituye la organización. Puede ganar una elección, puede frenar un avance autoritario, puede crear sentido común, pero no sostiene un proyecto de transformación en el tiempo.

El propio MST sabe el desafío: por eso insiste en la formación de cuadros, en los grupos de base, en la dirección colectiva. La simpatía ayuda; la organización decide. Y la tarea, en Brasil y en la Argentina, incluso latinoamericano, es convertir la simpatía y la resistencia en organización.

El efecto Janones

Hay un segundo factor que explica la victoria: el efecto Janones. André Janones es un diputado federal que en 2022 se convirtió en una de las principales cabezas digitales de la campaña de Lula, y que en abril de 2026 creó el canal “Exército do Lula” en WhatsApp. El canal pasó de 50.000 seguidores a más de un millón en dos días, después de la primera vuelta, y llegó a 10 millones el 23 de octubre; para el 26 de octubre tenía casi 11 millones. Se convirtió en el segundo canal más grande del país y en un actor central de la campaña.

El método de Janones es conocido: velocidad, emoción, confrontación directa, lenguaje de guerra, producción constante de contenido y capacidad de instalar temas en la agenda. No es un método de organización territorial; es un método de guerra digital. Tuvo problemas con la justicia electoral, suspensiones y denuncias de difundir versiones falsas, pero Lula reconoció públicamente su importancia y el canal se convirtió en un modelo que otros intentaron copiar.

¿Qué resolvió el efecto Janones? Un problema real: la campaña oficial no llegaba a una parte del electorado, especialmente a los sectores populares desconectados de los medios tradicionales y a los jóvenes de las periferias. El canal permitió una comunicación directa, masiva y rápida, sin la mediación de la televisión ni de la prensa. En ese sentido, fue una innovación táctica importante, y sería un error negarla por prejuicio.

Pero también hay que decir lo que el efecto Janones no es: una organización. Es un canal, y un canal depende de una persona, de un algoritmo y de una plataforma. No tiene territorio, no tiene formación, no tiene democracia interna, no tiene cuadros. Puede movilizar en minutos, pero no puede sostener una huelga, una ocupación, una campaña de afiliación o un plan de gobierno. Y genera una carrera de armamentos: cada fuerza intenta construir su propio ejército digital, y la política se convierte en una competencia por likes, visualizaciones y tendencias.

La comparación con la prensa orgánica es inevitable. Todas las herramientas políticas también comunican, y lo hacen más o menos bien: tienen medios propios, producen materiales, forman comunicadores. Pero su comunicación está incrustada en una organización; la de Janones está incrustada en una plataforma. Las herramientas movilizan para una acción concreta y rinden cuentas a sus bases; un canal moviliza para una narrativa y rinde cuentas a sus métricas. La primera intenta construir poder; el segundo construye audiencia. Y en una democracia asediada, la audiencia puede ganar una elección, pero no puede reemplazar a la organización.

La audiencia puede ganar una elección, pero no puede reemplazar a la organización.

El escenario argentino

La elección brasileña no cambia por sí sola el escenario argentino, pero lo ilumina. La Argentina vive desde diciembre de 2023 bajo un gobierno de extrema derecha que ha hecho de la confrontación cultural, el ajuste y la deslegitimación del Estado su programa. El gobierno de Milei no es solo un gobierno: es una ofensiva cultural que disputa el sentido común, sobre todo entre los jóvenes, y que instaló la idea de que el Estado es una casta y los derechos, un privilegio. La oposición, mientras tanto, está fragmentada, sin un proyecto común y sin capacidad de interpelar a los sectores populares que votaron por el cambio.

En ese marco, la elección brasileña deja tres enseñanzas. La primera: la extrema derecha se puede derrotar, pero solo con un frente amplio, con unidad y con una narrativa que ofrezca futuro, no solo denuncia del pasado. La segunda: la movilización territorial sigue siendo decisiva; sin territorio no hay elección. La tercera: la comunicación digital es necesaria, pero no suficiente; sin organización, la energía se dispersa.

Y aquí aparece el problema argentino. A partir del fenómeno Janones, en la Argentina se crearon al menos cinco ejércitos digitales; al menos uno de ellos se bautizó, sintomáticamente, Ejército del Peronismo. No lograron unidad. Compiten entre sí por la misma audiencia, se desgastan en peleas internas y confunden la política con la producción de contenido. Es el síntoma de una debilidad más profunda: la ausencia de una dirección colectiva, de un proyecto compartido y de una estructura territorial que sostenga la movilización cuando la campaña termina.

El resultado es paradójico: nunca hubo tanta capacidad de comunicación y tanta dificultad para organizar. Se multiplican los canales, los streamings, los grupos de WhatsApp, las cuentas, pero no se multiplican los núcleos, las asambleas, los espacios de formación, las herramientas de acción colectiva. La política se vuelve una competencia de audiencias y la organización se vuelve un residuo del pasado. Y así, el campo popular llega a cada elección más comunicado y más débil.

Hay un riesgo adicional: que el campo popular argentino quede atrapado en un antimileísmo sin proyecto. La denuncia del ajuste y de la entrega del patrimonio nacional es necesaria, pero no alcanza. Sin una propuesta de país que ofrezca trabajo, producción y futuro, la energía se agota en el rechazo. La elección brasileña lo mostró: el antifascismo fue condición de la victoria, pero no su contenido.

Tareas y conclusiones

Las elecciones brasileñas dejaron una lección que va más allá de Brasil. Cuando el campo popular se organiza, construye hegemonía en torno a demandas que interpelan al conjunto de la sociedad y conserva la autonomía, es capaz de derrotar a la extrema derecha incluso en condiciones adversas. Pero la victoria electoral es solo el comienzo: la verdadera disputa es por el sentido común, por las instituciones, por el territorio y por el futuro.

En Brasil, el desafío es convertir la movilización en agenda de reformas. En la Argentina, reconstruir la unidad del campo popular, disputar el sentido común y llegar a 2027 con una fuerza organizada y un proyecto.

Y en los dos países, el desafío es el mismo: pasar de la resistencia a la construcción, de la denuncia al proyecto, de la audiencia a la organización. Porque la política no se hace solamente con elecciones, ni con canales, ni con banderas. Se hace con personas organizadas, con ideas compartidas y con prácticas concretas.

El episodio del Bixiga deja una conclusión. El MST tiene prestigio social fuera de su base, y ese prestigio es un activo político real. Pero el prestigio no reemplaza la organización, y la organización no reemplaza el proyecto. La tarea del campo popular, en Brasil y en la Argentina, es convertir el prestigio en estructura, la estructura en proyecto y el proyecto en mayoría. Sin proyecto, la simpatía se dispersa; sin organización, el proyecto no se sostiene.