La derrota de Trump y la grieta imperial

La derrota de Trump no es el fin del imperio. Es una grieta. Las grietas no se convierten en victorias por sí solas: se convierten en victorias cuando hay organización, proyecto y voluntad de poder.

El 3 de noviembre de 2026, Estados Unidos celebró elecciones de medio término. Los demócratas se proyectan con mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado, con al menos 54 bancas, además de varias gobernaciones y cargos estatales. Es la primera vez desde 1954 que el Senado cambia de manos en dos ciclos consecutivos. Trump, en su segundo mandato, pierde el Congreso.

El dato importa, pero no por lo que suele decirse. No estamos ante un giro antiimperialista de Washington ni ante el fin de la hegemonía estadounidense. Estamos ante una derrota política de un presidente que había hecho de la confrontación permanente, la desregulación y la alineación con la extrema derecha global su marca de gobierno. Y esa derrota, en la coyuntura latinoamericana, vale por lo que demuestra y por lo que desbloquea, no por lo que cambia en la estructura del poder mundial.

Lo que no cambia

Empecemos por lo que no cambia, para evitar ilusiones. Como planteó Claudio Katz, el imperialismo no es una política exterior que se modifica con una elección: es una fase del capital, una relación social de dominación que se reproduce a escala mundial. El Congreso puede cambiar de color, pero la estructura de bases militares, sanciones, tratados de libre comercio, deuda y dependencia tecnológica sigue en pie. Los demócratas no son antiimperialistas: administran el mismo sistema con otro estilo, más multilateral y menos ostentoso, pero igual de funcional a los intereses del capital transnacional.

Por eso hay un consenso bipartidista que no se toca: Cuba, Venezuela, las sanciones, el control de los recursos estratégicos, la presencia militar en el Caribe y en América del Sur. La política exterior de Estados Unidos no va a cambiar sustancialmente porque el Partido Demócrata controle las cámaras. Quien espere eso va a confundir un cambio de gobierno con un cambio de régimen imperial.

El Congreso, además, no es el único actor. La burocracia de seguridad, el complejo militar-industrial, las corporaciones tecnológicas y financieras tienen intereses propios y capacidad de veto. Ningún presidente, ni demócrata ni republicano, gobierna contra ese bloque. Por eso la continuidad del bloqueo contra Cuba —codificado por ley desde 1996— y el hostigamiento y control contra Venezuela no dependen de quién presida el Senado.

Ahora bien, decir que la estructura no cambia no es decir que nada cambia. La política no es solo estructura; también es correlación de fuerzas, iniciativa, legitimidad y subjetividad. El argumento de que “la política exterior no cambia” tiene una parte de verdad, pero confunde niveles de análisis: una cosa es la estructura de la dominación y otra la coyuntura política en la que esa dominación se ejerce. La primera permanece; la segunda se ha modificado. El debate, entonces, está mal planteado: no se trata de saber si la política exterior cambia o no, sino de distinguir qué parte de esa política depende del ciclo electoral y qué parte de la estructura.

Lo que sí cambia

Un presidente sin Congreso pierde herramientas concretas: el presupuesto, las nominaciones, la capacidad de bloquear investigaciones, la autorización para usar la fuerza, el margen para sostener a sus aliados. La política exterior sigue siendo competencia del Ejecutivo, pero un Ejecutivo derrotado negocia peor, se desgasta más rápido y ve limitada su capacidad de imponer costos a quienes no lo acompañan. Dependera mucho de la capacidad que tenga Trump de gobernar por decreto, en parte ya lo viene haciendo como sucedió con el ataque a Iran.

En el plano interno, Trump queda expuesto a investigaciones que antes bloqueaba su propio partido: comisiones, citaciones, batallas presupuestarias. Eso consume su capital y lo obliga a gobernar a la defensiva. En el plano externo, sus aliados pierden la señal de protección: quien se alineó con él ya no puede exhibir esa alianza como un reaseguro.

El efecto se ve primero en esos aliados. Los gobiernos que apostaron a Trump quedan sin su principal aval político. En la Argentina, el gobierno de Milei hizo de la alineación con Washington un eje de su política exterior y un componente de su relato interno; ahora su socio perdió el Congreso y su aliado bolsonarista está prófugo en Estados Unidos. Flávio Bolsonaro, candidato derrotado en Brasil, salió del país hacia Estados Unidos pasando por la Argentina, y el gobierno brasileño convocó al embajador argentino por ese paso. Una vez en Miami, el Congreso abrió una investigación sobre su ingreso y se activaron pedidos de extradición; una de las impulsoras es la congresista californiana Sydney Kamlager-Dove. No es una crisis terminal para Milei, pero es un costo político real y una señal de que la protección imperial no es incondicional.

Hay un segundo efecto, más importante: la demostración. Durante años se instaló la idea de que la extrema derecha era invencible, de que una vez en el poder no se iba, de que el ciclo progresista era una excepción del pasado. La derrota de Trump rompe esa representación. No la rompe en el terreno de las ideas abstractas, sino en el de la experiencia: millones de personas vieron que se puede ganar y derrotar a la extrema derecha, incluso en la su propia casa imperial.

Cuidado, sin embargo, con una conclusión apresurada: la derrota de Trump no es la debacle de la derecha. En Brasil, el bolsonarismo sigue siendo una fuerza de primera magnitud; en la Argentina, Milei conserva el gobierno y su capacidad de iniciativa. Lo que cambió es el clima político, no la correlación de fuerzas, por ahora.

La subjetividad de la victoria

La derrota de Trump vale, sobre todo, por lo que produce en la subjetividad de los pueblos. La hegemonía se disputa en la sociedad civil, en el sentido común, en la capacidad de una clase de presentar su interés como interés general. Martínez Heredia insistió en que la revolución es también una obra de subjetividad: no basta con que las condiciones objetivas maduren si no hay voluntad, organización y proyecto.

En la guerra de posición, la conquista del poder pasa por la conquista de la sociedad civil, de las escuelas, de los medios, de las iglesias, de los sindicatos. La derecha lo entendió antes que nosotros: construyó think tanks, medios, universidades, redes digitales y una narrativa de sentido común que hoy parece natural. El progresismo y la izquierda, en cambio, suele seguir discutiendo programas mientras pierde el terreno donde se forman las conciencias.

La victoria demócrata no es una victoria popular. Pero es una prueba de que el poder imperial no es invencible: la derrota de Trump no derrota al imperialismo, pero derrota la idea de su invencibilidad. Y esa prueba es un material político de primer orden. No se trata de celebrar a los demócratas: se trata de aprovechar la grieta que abren para disputar la subjetividad de nuestra gente. La pregunta no es qué hará la nueva mayoría en Washington, sino qué hacemos nosotros con la evidencia de que se puede.

La subjetividad, sin embargo, no se alimenta de análisis correctos. Se alimenta de experiencias concretas. Por eso la victoria tiene que traducirse en victorias parciales: frenar un acuerdo, impedir una base, defender un territorio, ganar un municipio, sostener una cooperativa, impedir un desalojo. Cada victoria parcial es una prueba de que la organización sirve. Sin esas pruebas, la esperanza se vuelve discurso y el discurso se agota.

El riesgo es el de siempre: que la euforia sustituya la organización. La historia latinoamericana está llena de momentos de oxígeno que se evaporaron porque no hubo estructura para retenerlos. La derrota de Trump abre una ventana; no garantiza nada.

La oportunidad latinoamericana: ¿qué se abre para la región?

En primer lugar, un espacio de negociación. Un Washington dividido tiene menos capacidad de imponer condiciones en materia de recursos estratégicos, energía, alimentos y minerales.

En segundo lugar, un espacio de legitimidad: los gobiernos que apuestan a la soberanía pueden mostrar que el alineamiento con Washington no era una garantía de nada.

En tercer lugar, un espacio de articulación regional: la unidad latinoamericana deja de ser un ideal retórico y se vuelve una necesidad práctica.

Pensemos en el litio, el cobre, el agua, los alimentos, la energía. La transición energética y la disputa tecnológica con China aumentan la demanda de esos recursos; un Washington tensionado negocia peor. Pero también aumentan la presión sobre nuestros territorios: la oportunidad y la amenaza son la misma cosa. No hay soberanía sin control sobre esos bienes y el sistema político de Estados Unidos en su conjunto lo tiene bien claro aunque estén mas complicados internamente.

La oportunidad no se realiza sola. Hay riesgos. El primero es que el imperialismo reaccione con más agresividad donde tiene consenso bipartidista: Cuba, Venezuela, Nicaragua. El segundo es que la derecha regional se reorganice: un trumpismo sin Trump, más institucional. El tercero es que las fuerzas populares confundan la coyuntura con la estrategia y se queden esperando que el imperio se derrumbe por si solo.

También hay que decir que la derrota de Trump no derrota a Milei. Lo debilita. Milei sigue con su programa, su veto, su ajuste y su reforma del Estado. La crisis argentina no se resuelve por lo que pase en Washington. Pero el costo de su alineamiento aumenta, y eso es un dato que la oposición debe explotar.

Posibles tareas ¿Cómo aprovechar el contexto?

En nuestra mirada, hay cinco tareas. Primero, disputar la subjetividad con hechos. No alcanza con denunciar el imperialismo; hay que mostrar que se le puede acertar derrotas y por ende victorias populares. La derecha ganó terreno prometiendo orden; nosotros tenemos que ganarlo demostrando eficacia solidaria y avance en soberanía con cosas concretas. Las militarización de nuestro continente por parte de los gringos es algo a confrontar abiertamente.

Segundo, construir unidad. No una coalición electoral de sellos y fotos, sino un bloque histórico capaz de articular demandas dispersas. La unidad no se decreta: se construye sobre intereses compartidos y reglas claras.

Tercero, anclar en el territorio. Sin territorio no hay política: sindicatos, barrios, cooperativas, comunidades, universidades, iglesias populares. El territorio es donde se verifica si el discurso sirve para algo.

Cuarto, impulsar una agenda de soberanía: alimentos, energía, minerales, agua, tecnología, defensa. No como consigna, sino como programa de gobierno y de integración regional. La soberanía se ejerce con instituciones, presupuesto y capacidad técnica.

Quinto, asumir la dimensión internacional. Hay que nacionalizar el internacionalismo: construir organizaciones capaces de elaborar política a escala regional, con cuadros, con autonomía y con legitimidad.

La derrota de Trump no es el fin del imperio. Es una grieta. Las grietas no se convierten en victorias por sí solas: se convierten en victorias cuando hay organización, proyecto y voluntad de poder. La tarea de las fuerzas populares de nuestra región es convertir esta grieta en una oportunidad, y la oportunidad en una correlación de fuerzas distinta.