Atentado contra CFK: los antecedentes y el rol de la oposición

Los hechos que pudieron haber anticipado un posible atentado, el rol de la oposición, su repudio light y el peligro de sostener la violencia política en el país. 

¿El atacante es un “loquito suelto” o es hijo de una atmósfera de violencia simbólica (y ya no tan simbólica) en contra del peronismo y precisamente en contra de la vicepresidenta?

Fernando Sabag Montiel apretó el gatillo -dos veces-, pero la bala no salió. La fortuna, el azar, los destinos de la historia, evitaron el asesinato de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y también, el colapso político y social de la Argentina. 

Este viernes en la Plaza de Mayo, la frase que más se pudo escuchar en boca de la gente, iba precisamente en esa línea: “Si la mataban, hoy estábamos en guerra civil”. Pero mientras la justicia intenta determinar quién es el hombre de 35 años que intentó matar a la expresidenta y si actuó solo o no, es imposible no poner en contexto este hecho, que alertó los nervios de todo un país.

¿El atacante es un “loquito suelto” o es hijo de una atmósfera de violencia simbólica (y ya no tan simbólica) en contra del peronismo y precisamente en contra de la vicepresidenta?

El ahora presidente de Colombia tuvo que dar un discurso rodeado de escudos anti balas.

Los intentos de magnicidio que no fueron

Repasemos: Si miramos el contexto regional primero, no podemos dejar afuera que la violencia política y los intentos de magnicidio no ocurrieron sólo en la Argentina, y que además se vienen dando desde hace por lo menos una década.

En 2010, el expresidente de Ecuador, Rafael Correa sufrió un intento de golpe de Estado y su vida corrió peligro. Ocho años después, en Venezuela, un drone con explosivos detonó a escasos metros del presidente Nicolás Maduro. Pudo ser una tragedia, pero falló.

Ese mismo año, en 2018, la concejal de Río de Janeiro, Marielle Franco, fue asesinada a tiros desde un auto. La investigación determinó que fue un hecho completamente predeterminado, con nexos con la ultraderecha de Brasil.  

Un año después, la violencia radicalizada de parte de la derecha de Bolivia, profundizó esta escalada y concretó un golpe de Estado al estilo siglo XX: con las Fuerzas Armadas y la participación de una oposición golpista. Evo Morales, quien renunció para evitar una resistencia sangrienta, tuvo que escapar de su propio país ante el evidente peligro de que lo mataran. 

En ese entonces, el expresidente Mauricio Macri le negó el asilo político, pero semanas después, con la asunción de Alberto Fernández, Evo pudo refugiarse en la Argentina. 

Finalmente, este año en Brasil, un fanático de Bolsonaro asesinó a tiros a otro militante del PT, lo que determinó que el expresidente y candidato Lula da Silva, tenga que reforzar su seguridad. Similar ocurrió en Colombia, cuando el por entonces candidato y hoy presidente, Gustavo Petro, tuvo que dar un discurso detrás de escudos de la policía.

En marzo de este año, manifestantes lanzaron piedras directamente (y únicamente) hacia su despacho del Senado de la Nación.

Piedras en su despacho y horcas en la Plaza

Este jueves 1 de septiembre le tocó a Cristina Fernández, quien ni siquiera se dio cuenta cuando Sabag Montiel le apuntó y gatilló dos veces a escasos centímetros de su cara, según le contó a la jueza que investiga el caso, María Eugenia Capuchetti. Pero la vicepresidenta ya había sufrido un atentado que pudo haber puesto en peligro su vida: ocurrió en marzo de este año, cuando manifestantes lanzaron piedras directamente (y únicamente) hacia su despacho del Senado de la Nación. 

 

Sin embargo, para comprender por qué una persona pudo haberse lanzado a una aventura criminal de este tipo, también hay que poner en contexto el hecho más determinante previo al intento de homicidio: la causa Vialidad. Se trata de la nueva investigación de supuesta corrupción con la obra pública en la provincia de Santa Cruz, la cual tiene como principal apuntada a Fernández de Kirchner. 

Las semanas previas a que Sabag Montiel intentara asesinarla, el fiscal de la causa, Diego Luciani, pidió 12 años de prisión para la expresidenta y su inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Desde entonces, cientos de personas se movilizaron para respaldar a Cristina a los alrededores de su propio domicilio, ubicado en la calle Juncal y Uruguay, del barrio porteño de Recoleta. 

La vicepresidenta volvió al centro de todos los debates y de todos los canales de televisión y medios de comunicación del país. No faltaron los momentos de tensión. El episodio más álgido ocurrió cuando el intendente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, mandó a vallar la casa de Cristina y ordenó un operativo policial, que terminó reprimiendo una manifestación completamente pacífica. 

Toda esta puesta en escena que fue única y completa responsabilidad del gobierno porteño, se magnificó con una cobertura de 24 hs de parte de los medios de comunicación más opositores a la vicepresidenta y al peronismo, quienes fogonearon un discurso de odio. Un discurso que prendió como reguero de pólvora.

De hecho, la prueba más contundente se ha dado a lo largo de estos años, con la decena de escraches que sufrió la expresidenta en la propia esquina de su casa, con personas que pasaban insultando y amenazándola de muerte y con manifestaciones en Plaza de Mayo que pedían directamente “la horca” para Cristina y otros funcionarios. 

En todo este tiempo, nada de esto ha sido denunciado o repudiado por dirigentes de la oposición, quienes -finalmente- este jueves tuvieron que hacerlo por las redes. Básicamente se esperó a que la vida de la vicepresidenta se expusiera al límite y se salvara de milagro.

La oposición no pudo consensuar un único documento en repudio al atentado sufrido contra la vicepresidenta.

La oposición no se unió para repudiar 

El último punto a poner sobre la mesa en este mar de análisis y lecturas sobre el intento asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, es el rol que ocupó -ya no antes- si no después, la oposición. No es menor que Juntos por el Cambio no haya podido unificar un solo discurso para salir a repudiar el intento de magnicidio, ese mismo jueves 1 de septiembre. En cambio, se dieron repudios individuales de cada dirigente y con algunas excepciones lamentables. 

Mientras Maria Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y el propio Mauricio Macri repudiaron el hecho por las redes, la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, nunca lamentó el atentado y en cambio, le echó las culpas al presidente Alberto Fernández, de “jugar con fuego”, tras declarar al viernes como feriado nacional. Esta nueva arremetida de la ex ministra de Seguridad, agitó más las aguas en la interna que vive el frente opositor. 

“Todos sabemos que ha sido detenido el agresor, pero también se debe reflexionar en todas las fuerzas políticas, incluida la nuestra, para bajar la crispación”, manifestó el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, quien deslizó cierta autocrítica que todavía no penetró en JxC. 

“No hay ninguna escalada de violencia ni de la oposición política, ni de los medios de comunicación. Mañana la gente tendría que volver a trabajar, los chicos a ir a la escuela, la justicia a investigar lo que pasó y la custodia a prepararse mejor para no volver a fallar”, se diferenció el diputado nacional, Martín Tetaz. 

Las diferencias sobre cómo salir respecto al hecho, fue notable, aunque rápidamente la oposición logró un extraño consenso este sábado 3 de septiembre, cuando la Cámara de Diputados convocó a una sesión especial para repudiar el intento de magnicidio contra Cristina Fernández. Todos los integrantes del bloque de Juntos pusieron en duda su participación porque no querían firmar un documento que hablara de “discursos de odio”, casi asumiendo su responsabilidad. 

Finalmente se llegó a un acuerdo y la oposición participó de un simple repudio institucional. 

La sensación que flota en el aire es que todavía no se escarmentó lo necesario para que la tensión política cese en el país. Pero lo cierto, es que este viernes el pueblo se manifestó para decir basta y frenar una escalada de violencia, que pudo haber terminado en una tragedia nacional.