Soy mujer, campesina e indígena

Este 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena. Elsa Yanaje reflexiona sobre sus derechos negados y la autodeterminación.

mujer indígena rural
Foto: Elsa Yanaje

“No me mires así, no te quedes ahí, de qué sirve si te quedas sentado sin hacer nada, no calles, no olvides tu historia, tu pasado es importante para que nunca más vuelva a pasar, si tú te callas se perderá nuestra historia” Bartolina Sisa
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Hoy, 5 de septiembre, se cumple un nuevo aniversario del Día Internacional de la Mujer Indígena en conmemoración a la lucha incansable de Bartolina Sisa, una guerrera indígena del pueblo Aymara que se revelo ante la dominación del Imperio español. Junto a su compañero Túpac Katari llevaron adelante el levantamiento de más de 150 mil indígenas en Perú, La Paz, Oruro, los valles de Chayanta entre otras zonas de Bolivia. Fue capturada y brutalmente asesinada por los españoles el 5 de septiembre de 1782.

La conmemoración tuvo lugar durante el segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América, realizado en la ciudad de Tiahuanaco (Bolivia) en 1983. Hoy y cada día, retomamos las luchas populares, como la de Bartolina, que nos dejan un legado y la responsabilidad de mantener la memoria viva.

En la actualidad la situación en la ruralidad es preocupante, la precaridad en la que vivimos, la imposibilidad de acceder a la tierra propia y la dificultad de comercializar nuestros productos, todo esto inmerso en un sistema capitalista y patriarcal tiene impacto directo en las compañeras campensinas indígenas.

Es importante mencionar que el surgimiento del “Ni una Menos”, en 2015, tuvo un impacto positivo en el sector rural, dándo lugar a nuevos debates. En el cordon frutihorticola de La Plata y otros lugares de la provincia de Buenos Aires, desde el 2016 se organizan rondas de mujeres dentro del Movimiento de Trabajadores Excluidos para trabajar, cuestionar y desarmar los nudos que generar desigualdades.

En nuestro caso, a las desigualdades que en general padecemos las mujeres de los sectores populares, se suma el hecho de que  las tareas domésticas, de cuidado y el trabajo productivo en la quinta suceden en un mismo lugar (espacio físico). La división entre las tareas de la casa y la producción de la quinta  no está clara, y el peso de la mayor carga de trabajo recae sobre las mujeres. Esto genera que los usos del tiempo por parte de las mujeres y los varones sean completamente diferentes.

Para las compañeras es mucho más dificultoso tener tiempo para realizar actividades recreativas, e incluso para organizarse y participar políticamente. La condición migratoria de la mayor parte de la población rural le agrega un plus a esta cuestión.

Además, no somos dueñas de la tierra: según las Naciones Unidas, sólo el 30% de las mujeres poseen tierra y el 5% tiene acceso a asistencia técnica para la producción. Esto conlleva imposibilidades en el acceso al crédito, programas y recursos para el sector porque no cuentan con las garantías tradicionales requeridas. Lo contradictorio es que, las mujeres, somos el 50% de la fuerza formal de producción de alimentos en el mundo.

«No somos dueñas de la tierra: según las Naciones Unidas, sólo el 30% de las mujeres poseen tierra (…) Lo contradictorio es que somos el 50% de la fuerza formal de producción de alimentos en el mundo».

Por otro lado, las quintas están alejadas de las ciudades donde funcionan los dispositivos relacionados a la atención de las situaciones de violencias, salud, justicia. Esto implica que el acompañamiento de situaciones de violencias, por razones de género u otras situaciones complejas, es difícil para nuestras organizaciones.

Para esto armamos los cuerpos de promotoras en géneros y derechos, que acompañan cada una de estas situaciones, sorteando los obstáculos de la ruta crítica. Es así que con el acompañamiento de activistas, universidades y diferentes dispositivos, formamos estas promotoras con mucho esfuerzo y con una perspectiva de reconocimiento del propio territorio, generando redes con el objetivo de trabajar en la restitución de derechos.

Cada una de las desigualdades que hasta aquí mencione, y cómo nos organizamos para enfrentarlas, responden, sin dudas, a problemas estructurales. Bien hemos sabido ponerlo en agenda. En varias de estas cuestiones pudimos avanzar, sobre todo en el reconocimiento de derechos, que tuvo un gran impacto en el plano simbólico, político y nos ha permitido, no solo denunciar, sino también ir desarmando las tramas de estas desigualdades históricas.

Un debate que no hay que perder de vista es la necesidad de que se respete la autodeterminación de los pueblos, que en definitiva es el trasfondo, es la lucha por la que dio la vida Bartolina Sisa y muchas/os luchadoras/es populares a lo largo de la historia.

La Declaración de las Naciones Unidas para los derechos de los Pueblos Indígenas de 2007 afirma en sus artículos 3 y 4: “Los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación. En virtud de ese derecho determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.” Y también:“Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho de libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobierno en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de los medios para financiar sus funciones autónomas.”

Existen regulaciones y tratados internacionales, pero en realidad las comunidades vivimos constantemente la persecución, discriminación y la explulsión (histórica) de nuestras tierras, lo que hace muy difícil pensar en la autodeterminación a un corto plazo. Por esto es fundamental que se integren debates de las comunidades en la agenda pública, que el Estado lo tome como política y construya un horizonte donde entremos todos y todas.

Trabajar para cambiar las condiciones estructurales, mejorar las condiciones de vida y poder ejercer los derechos reconocidos es nuestro desafío. Las luchas históricas viven en cada sueño de compañera por ser libre y poder desarrollarse de forma integral.