Hay generaciones que sostienen un vínculo emocional muy fuerte frente al peronismo, porque el mismo Perón le regaló una bicicleta a su abuelo. Aún cuando la idea suele repetirse de manera despectiva, como si la memoria política fuera apenas un favor devuelto más de setenta años después. Pero cualquiera que haya escuchado esa historia en una sobremesa familiar sabe que la bicicleta es apenas la punta del iceberg.
No se trata del objeto. Es lo que venía con él: trabajo registrado, aguinaldo, representación gremial, vacaciones pagas, estabilidad. Era la sensación, por primera vez para muchos, de que el esfuerzo rendía y que el futuro no estaba completamente cerrado.
La política, cuando cambia de verdad las cosas, no se queda en los discursos. Se mete de lleno en la vida familiar. Y ahí es donde consolida lealtad.
Durante gran parte del siglo XX, la identidad política en la Argentina se organizó alrededor de esa experiencia concreta de ampliación de derechos. No eran consignas abstractas. Eran sueldos que alcanzaban, jubilaciones que existían, empleo registrado como norma y no como excepción. Los derechos laborales y sociales funcionaban como piso. Y desde ese piso se podía proyectar el futuro.
Reducirlo a una anécdota pintoresca es simplista. Entender lo que representaba exige un análisis menos superficial.
Algo similar, en otra escala y en otro contexto, ocurrió a comienzos del siglo XXI. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner, la ampliación previsional y la recuperación del empleo generaron experiencias concretas en millones de hogares. Para muchos, la política volvió a sentirse como algo que modifica la vida diaria.
El discurso de Javier Milei ante el Congreso propone otra narrativa. No habla de expansión, sino de corrección. No promete nuevos derechos, promete orden. No convoca desde la mejora inmediata, sino desde el sacrificio necesario. Y eso no es un detalle menor.
Durante décadas, la legitimidad política se construyó ampliando el piso. Ahora se intenta construirla ajustándolo. El equilibrio fiscal deja de ser una herramienta técnica para convertirse en virtud moral. Ajustar ya no es una medida incómoda: es una señal de responsabilidad.
Toda etapa política necesita una historia que contar. En este caso, la historia es clara: el problema fue el exceso, el déficit, la “casta”; la solución es la libertad y el orden. El antagonismo está definido y la promesa también.
Pero esa promesa se apoya en un contexto muy concreto. Según los últimos datos disponibles elaborados a partir de la Encuesta Permanente de Hogares, la informalidad laboral alcanzó en 2025 el 43% de los trabajadores urbanos, el nivel más alto en más de una década. Entre los jóvenes de hasta 24 años, el número supera el 60%. Es decir, seis de cada diez jóvenes trabajan sin aportes jubilatorios ni estabilidad.

No es una estadística fría. Es una generación que nunca terminó de sentir el piso firme.
Incluso entre quienes están registrados, el poder adquisitivo sigue lejos de los niveles de mediados de la década pasada. De acuerdo con series oficiales del INDEC, el salario real acumuló una caída significativa desde 2017 y aún no logra una recuperación sostenida. La Organización Internacional del Trabajo viene señalando en sus informes regionales más recientes una persistente precarización del empleo en América Latina, con fuerte impacto en los jóvenes.
En otras palabras: trabajar ya no garantiza estabilidad. Y la estabilidad, cuando aparece, parece frágil.
En ese escenario, el discurso del sacrificio empieza a sonar distinto. No porque el ajuste resulte simpático, sino porque la promesa de que “esta vez va a ser distinto” puede parecer más creíble que otra expansión que nunca llega.
Aquí conviene hacer una pausa y señalar que no se trata de oponer derechos y libertad como si fueran enemigos. Durante buena parte del siglo XX, cuando se hablaba de derechos laborales, jubilaciones o convenios colectivos, se estaba hablando (aunque no siempre se lo dijera así) de libertad concreta. Libertad para planificar, para proyectar, para no depender exclusivamente del azar o del mercado.
Hoy la palabra que ordena el discurso es “libertad”, pero entendida de otra manera. Más asociada a que el Estado se retire, a que el mercado ordene, a que el déficit desaparezca. No es una contradicción automática. Es un cambio en la forma de imaginar qué hace posible la autonomía.
La pregunta, entonces, es menos ideológica de lo que parece: ¿Se puede ser libre cuando el piso es inestable? ¿O primero hace falta un piso firme y después recién discutir cuánto vuelo es posible?
La política no sobrevive por tradición familiar ni por folclore. Necesita producir hechos que luego se transformen en memoria.
Si el siglo pasado dejó como huella la ampliación de derechos como forma de ampliar la libertad material, el presente intenta fundar legitimidad en otra experiencia: la del sacrificio asumido como camino hacia la estabilidad. No la mejora inmediata, sino la promesa de orden. No la expansión visible, sino la disciplina como condición de futuro.
Dentro de veinte o treinta años, cuando quienes hoy tienen menos de treinta miren hacia atrás, ¿Qué van a contar en sus propias sobremesas? ¿Que vivieron un tiempo en el que se ampliaron sus márgenes de acción? ¿O que atravesaron un ajuste que prometía ordenar lo que parecía desordenado?
En esa experiencia concreta, no en el debate de redes, no en la consigna, se va a definir el recuerdo fundante del nuevo tiempo argentino.















