La noche en que Bangladesh también salió campéon

Santiago Montag viajó a Bangladesh mientras Argentina avanzaba a la final del mundial. Cómo fue vivir la euforia por Messi y la Scaloneta en el país con mayor debilidad por los argentinos. Crónica de un viaje que empezó mal y terminó con abrazos.

Santiago envió este artículo desde Bangladesh. La locura inexplicable de millones por la Scaloneta.

Inicié mi viaje al sur de Asia para conocer algunas de las realidades e historia más complejas del planeta. Siendo obrero fabril, logré conseguir los días según pude arreglar en mi trabajo y gracias al apoyo de mis compañeros. El precio: ver el mundial lejos de casa. Mis estudios siempre me guiaron a países lejanos, así que en el itinerario estaba Bangladesh. La fiebre que nos llegaba de las redes sociales despertó en mí las ganas de presenciar ese fenómeno internacional, compartido por muchas ex colonias británicas como en regiones de India, Indonesia y Nepal, entre otros. 

Argentina avanzaba en el torneo de la copa del mundo así que decidí adelantar el viaje a la zona de Bengala, ya sea Calcuta o Bangladesh, ambas con gran hinchada. Tenía el pasaje pero no la visa, pues se suponía que como turista se obtenía a la llegada (“on arrival”). Pero la letra chica decía: “Si estás en India tenés que tramitarla en la High Comission of Bangladesh”. Fue una odisea conseguirla. Estaba en el norte de India, tenía que volver a la caótica y contaminada Delhi a tramitarla, y quedaban dos días para el partido.

Mi desesperación aumentaba con cada minuto y los tiempos de India son impredecibles. Los colectivos van abarrotados de gente. No existen horarios, no existen boleterías, si una vaca se planta en el medio de ruta, hay que esperar. En contacto con amistades que conocí en India fui avanzando rápido. Llegué a la embajada a tiempo. Imran desde Bangladesh, presentado por Leandro Gallicchio (es más grande fanático de Bangladesh), me contactó con la embajada en India, y pidió que le pasara mis datos, mi pasaporte, etc. Estaba entregado, agotado de viajar sin dormir, se me cruzaban imágenes de cualquier cosa por la cabeza, ni siquiera conocía el rostro de la persona con la que hablaba. 

A la media hora recibí un llamado: “Hola Santiago, soy el embajador de Bangladesh en India, acercate a la puerta 1 que los guardias te van hacer entrar”. Sonreí, pero faltaba mucho por recorrer. Me recibió un tal Robi, quien me mandó a hacer varios papeles que me faltaban. Fueron horas de ir y venir a la Embajada. Cuando terminé me dijo: “Tu pasaporte se queda acá y la visa la tenés en 8 días hábiles, llamalo a tu amigo a ver si puede acelerar el asunto”. 

Faltaban 32 horas para las semifinales. Lo llamé a Robi para consultar de nuevo. “Volvé en 8 días a buscar tu pasaporte”, me repite y corta. Ahí empecé a rogar en la puerta para que me devuelvan el documento y así irme a otro lado. 

Después de una hora de estar desesperado en la puerta diciéndoles de todo a los guardias que se amontonaron, apareció Robi diciendo: “Vení mañana a buscar el pasaporte, no está en mis manos esto”. 

Resignado me fui a horas de la tarde. Al otro día me dirigí desde temprano a la Embajada. Cuando logré entrar, vino Robi con el pasaporte: “Mr. Santiago, puedes viajar hoy”. Me fui festejando y cantando canciones de la scaloneta.

Fotos: Santiago Montag.

Lo más cercano a Messi

Tomé un tuk tuk al aeropuerto, eran las 12:30, había un único vuelo a Dakha a las 16, pero ahí el tiempo es relativo. Contacté a una amiga despierta a las 4 am en Argentina para que me comprara el pasaje, ya que seguían mis problemas de tarjeta. Así llegué al aeropuerto con pasaje en mano, y subí al avión.

Mis tatuajes en los brazos llamaban la atención. Hasta que uno se le ocurrió preguntarme, de dónde era. Ahí arrancaron las interminables fotos. Pero, “soy un laburante, trabajo en una fábrica”, digo. Ellos insisten: “Es que no entendés, sos lo más cercano a Messi que tenemos”.

Llegué a Dhaka, era de noche, el partido era a la 1 am, faltaban 4 horas. Al salir del avión la atmósfera era densa, cargada de smog. Mientras espero a Emon, mi amigo hasta ese momento virtual, empiezo a notar los primeros rasgos del caos de la ciudad. Miles de personas contra las rejas del aeropuerto, muchos de ellos “rogadores”, gente que pide comida. 

Sayib, quien me ayudó con la embajada, me invitó a un evento especial, a verlo con el equipo de futbol de su barrio, el Rahmatganj Kriya Chakra (RKC Club). Había decenas de niños, jóvenes y adultos reunidos en el potrero del barrio para verlo en el proyector. Vivieron la semi con todas las emociones, gritos, alegría, festejos. Emocionante ver las caras de los niños vistiendo la casaca argenta, cantando “Messi, Messi, Messi” o “Vamos Argentina!”. 

Al terminar la semifinal a las 3 am hora local, las calles se pintaron de celeste y blanco, miles salieron a festejar que estábamos en la final. Hasta las 6 am continuaron, incluso muchos habrán ido a trabajar sin dormir, lo que significó que me pidieron selfies hasta esa hora. Decían “Estamos muy contentos que hayas venido a estar con nosotros, es muy importante para nuestro país”. Con esas frases me caía la ficha de cuán abandonado está el país. Apenas hay un argentino viviendo allí, no es un destino turístico, más bien, es destino de las empresas textiles que buscan la mano de obra más barata de la tierra.

Las calles de Dhaka.

Dhaka, bajo el polvo de carbón

Esos días la pasé en el campus de la Universidad de Jahangirnagar, en la localidad de Savar, a unos 30 km de Dhaka. Algunos estudiantes que no superaban los 27 años me abrieron contentos las puertas de sus halles, de sus habitaciones, me dieron una cama, y me incluyeron en su vida cotidiana: “Acá hacemos todo grupo, el dinero va y viene, un día paga Mahib, otro, Fahim, otro lo harás tú”. 

Me llevaron a los lugares más oscuros de Dhaka, a las fábricas textiles, para verlas por dentro y fuera, coloreadas por las vestimentas tradicionales de sus trabajadoras; al contaminado “Black River” y sus orillas; a los húmedos pasillos de chapa y madera de los slums iluminado por una pequeña biblioteca sostenida por un grupo de jovencitos; incluso a la guarida de un CEO de un prestigioso banco nacional desde donde desangra al país. 

Pero también sus lugares especiales para pasar el tiempo en medio de una hermosa naturaleza en las zonas rurales.

Dhaka es una ciudad que tiene casi 30 millones de habitantes teniendo en cuenta el área metropolitana. Vive bajo el polvo de carbón y toneladas de basura en las calles. Las políticas más tóxicas del neoliberalismo conviven en el mismo espacio. Sin embargo, flamean bien alto banderas argentinas, y algunas brasileras, de todos lo tamaños en los techos de los edificios de toda la ciudad, en la mayoría de los rickshaw (vehículos tradicionales), en los puestitos de comida, en las ventanas de las casas, e incluso en las chozas de las aldeas del interior. El fenómeno argentino es transversal en todo el país.

El fanatismo que cruzó cualquier frontera.

Una final como en casa

Hacia la fecha de la final se notaba el entusiasmo. La gente se me acercaba a preguntarme por la selección, por cuánto íbamos a ganar, los niños con sus remeras pateando la bocha en las pocas plazas de la ciudad con la remera de Messi, en otras Samaresh o Akter, o sea los pibes apropiándose de la camiseta. Ese mismo día peregrinaron cientos de miles de personas hacia los distintos puntos de reunión para disfrutar el partido contra Francia. Proyectores y pantallas en todos lados, para todos. La locura fue descomunal. Los barrios populares movilizados, los slums llenaron las callejuelas de gente y obtuvieron sus pantallas. Nadie se quedaba sin ver a la selección. Incluso en la biblioteca de Korail.

Los goles fueron gritados con una furia que solo en Argentina pude ver. En la Universidad de Dhaka 50,000 personas estaban reunidas atentamente viendo la pantalla gigante. El empate de Francia fue una crisis. Las fuerzas armadas estaban desplegadas en la ciudad. Si Argentina perdía podía ser una crisis política. El partido en el gobierno, la Liga Awami, y la oposición el Partido Nacional de Bangladesh, atraviesan fuertes tensiones en las últimas semanas desde que se encarceló a los lideres. “Cualquier excusa sería usada para desestabilizar al gobierno, las cosas están muy difíciles estos días”, me había comentado Kais hora antes.

En el tercer gol de la selección nacional ya se veían lágrimas que brotaban en los rostros de muchos. Pero, llegó el segundo empate de Francia y los penales. Los pibitos no le sacaban los ojos a la pantalla, no pestañeaban. Pero yo no pude verlos, me bajé del escenario, me faltaba el aire, la gente me abrazaba. 

“No llores, hoy somos campeones, quedate tranquilo”, me decían. Tenía un nudo en el estómago, quería vomitar. No miré los penales, me aferré a un caño mientras apoyaba la frente en él. La hinchada bangladesí gritaba de alegría, se escuchaba varias veces seguidas, un gol, una atajada del Dibu, se acercaba el triunfo. Hasta el último penal. 

 

Ganamos. Argentina campeón del mundo. El sueño tantas veces anhelado, hecho realidad. Pero sin dudas, esa noche, Bangladesh también salió campeón.