Durante años las y los ricoteros caminamos cuadras, rutas y ciudades enteras para encontrarnos con el Indio. Había canciones. Había banderas. Había remeras recién impresas. El humo de la parrilla de los choris. Había gente caminando en una misma dirección. Como tantas otras veces. Sólo que esta vez no íbamos a un recital. Íbamos a despedir al “tipazo” alrededor del cual habíamos construido todo ese ritual colectivo.
Había familias enteras. Jubilados. Pibes que nunca habían visto tocar al Indio y otros que lo seguían desde los tiempos de Los Redondos. Personas que habían viajado cientos de kilómetros y otras que venían desde unos pocos barrios de distancia. Había quienes llevaban una bandera guardada durante años y quienes habían estampado una remera la noche anterior. Había personas con discapacidades, trabajadores que al día siguiente tenían que cumplir horario y gente que todavía no sabía cómo iba a volver a su casa. Parecíamos distintos. Pero durante esas horas todos caminábamos hacia el mismo lugar.
Ochenta cuadras, dicen. Quizás más. A esa altura los números ya no servían demasiado.
Lo importante era otra cosa. Había que llegar. Las flores tenían que llegar. Las banderas tenían que llegar. Los agradecimientos tenían que llegar.
Cerca mío una pareja llevaba una bandera hecha para el último recital de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en Córdoba. Decía: “¿Podré olvidarte o me acordaré toda la vida de vos?”. La habían pintado para una despedida que todavía no sabían que era una despedida. Ahora la llevaban entre la multitud para mostrarla una última vez.
Y para eso había que caminar. Horas de caminata en un clima nublado, agridulce.
La cuenta más o menos era de un avance de una hora por cuadra, todavía faltaba. En el momento más duro de la espera comenzó a lloviznar, esa llovizna fría, finita parecida al rocío y hasta ahí la cosa se podía llevar, pero la lluvia fue más fuerte y no todos habían llevado paraguas.
La lluvia ya había empapado las camperas de jean. Las piernas dolían. Algunos evitaban tomar agua para no perder el lugar para buscar un baño. Otros hacían cuentas para ver si todavía podían llegar a tomar el último tren, un micro o un vuelo. Había personas que llevaban horas con un ramo de flores en la mano y otras que ya no sabían cuánto más podían seguir caminando.

Algunas entendían que no iban a llegar. El cuerpo, el horario de un tren o un vuelo, o simplemente el cansancio terminaban imponiendo un límite. Entonces ocurría algo extraño. Le entregaban las flores a otra persona para que las dejara por ellas. Las flores seguían viaje. Pasaban de mano en mano porque tenían que llegar.
Y sin embargo seguían.
La vida del Indio estuvo atravesada por una épica extraña y popular, y su despedida tuvo algo de eso. No la épica de las grandes gestas, sino la de los cuerpos cansados. La de las zapatillas mojadas. La de la campera que ya no abriga. La de quien sabe que mañana trabaja, que tiene hambre, que tiene frío o que quizás no llegue, pero decide avanzar una cuadra más.
Porque mientras más cerca se estaba, menos ganas había de irse.
Durante años los seguidores del Indio caminaron cuadras y cuadras para encontrarse con él. Esta vez la caminata era distinta. Era la última misa.
Después de más de doce horas de fila llegamos al parque de los Derechos del Trabajador, dentro de él se ubica el Polideportivo José María Gatica donde estaban los restos del Indio Solari.
Todavía faltaban dos cuadras para entrar. Los pocos ramos que habían llegado completos hasta ahí, desaparecieron. Pasaron las flores de mano en mano para que todos pudieran dar su ofrenda. Las flores que tal vez alguien tuvo que dejar, llegarían con todos. Gracias a todos.
Los bomberos armaban una valla humana y ordenaban el ingreso. La música seguía sonando por los parlantes, pero algo había cambiado. Las canciones que durante todo el recorrido habían sido cantadas como en una cancha empezaban a escucharse distinto.
Más despacio. Más bajo. Como si respondiéramos a una orden que nadie nos había dado. Porque, hasta ese momento, era posible confundirse.
La fila, las banderas, los puestos de comida, el humo de las parrillas, las canciones, la multitud. Todo se parecía a muchas otras cosas que las y los ricoteros hacemos juntos.
Pero al cruzar ese último tramo ya no. Las luces tenues, las personas indicando el camino, la forma en que el recorrido obligaba a avanzar sin detenerse demasiado, todo terminaba de darle sentido a las horas anteriores.
No estábamos entrando a un recital. Estábamos entrando a despedirlo.
Y fue entonces cuando empezaron a escucharse los llantos. No uno. Muchos.
Personas que habían cantado durante horas ahora lloraban. Personas que habían hecho cientos de kilómetros ahora lloraban. Personas que habían esperado toda una jornada para caminar apenas unas cuadras ahora lloraban.
La palabra que más se repetía era gracias.
Gracias, Indio. Gracias. Gracias. Gracias.
Dejamos la flores, los ramitos, los propios y los ajenos. Otros mostraron por última vez las banderas que habían llevado durante años por rutas y recitales. Otros simplemente se quedaron quietos y en silencio unos segundos.
Había que seguir caminando. Detrás venían miles más.
Pero alcanzaba. Alcanzaba para entender. Alcanzaba para saludar. Alcanzaba para despedirse. Después de tantas horas, finalmente habíamos llegado.
Y quizás por eso la imagen que más me quedó de aquella jornada no fue la de la entrada.
Fue la de la salida.
Porque entramos cantando. Y salimos llorando. No porque la alegría hubiera desaparecido.
No porque las canciones ya no estuvieran. No porque la comunidad se hubiera roto.
Salimos llorando porque finalmente entendimos por qué habíamos caminado tantas horas.
Porque durante años recorrimos esas mismas cuadras para encontrarnos con él. Y esta vez las recorrimos para dejarlo ir.










