El olvido africano en el mapa del terror

El regreso talibán en Afganistán volvió a poner en debate la vigencia de los fundamentalismos. Un análisis de lo que ocurre en África, en entrevista con el historiador Omer Freixa.

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Miembros del grupo Al Shabab en Somalía. Foto: AFP

África, en su extensión y diversidad, es un territorio más bien ausente en el debate público. Sin ir más lejos, cuando en julio estallaron una serie de protestas sociales en Cuba —que fueron difundidas en portadas de todo el mundo—, en simultáneo, Sudáfrica vivió una revuelta con más de 70 muertos, un hecho que estuvo lejos de generar alarma internacional. Existe, en general, una gran cuota de desconocimiento y cierto sentido común respecto a que en la región predomina el “desorden”, casi como un camino inexorable.

A propósito del 11S, y tras 20 años de despliegue de política antiterrorista en todo el mundo, vale evaluar su alcance en el continente africano. Allí, se juegan algunos episodios decisivos en lo que hace a la acción de grupos fundamentalistas. Quizás uno de los casos más resonados en su momento fue el de Boko Haram, cuando en 2014 secuestraron a un grupo de 276 adolescentes en Chibok, Nigeria. Pero desde entonces, se han repetido acciones diversas, y el periodo comprendido entre 2019 y 2020 fue particularmente violento.

En julio de este año, un informe de la Naciones Unidas indicó que la expansión del Estado Islámico en África era un “hecho sorprendente”. Para entender de qué se trata esta amenaza, hablamos con Omer Freixa, historiador africanista, investigador y docente que, en principio, no parece sorprendido por el fenómeno. “La retirada anticipada en Afganistán de Estados Unidos, de alguna forma, esta envalentonado a todos estos grupos”, señala.

“Las condiciones ambientales y sociales se están degradando en muchos contextos africanos. Y síntoma de esa degradación progresiva es el reverdecer de la actividad yihadista, que en la primera década del siglo empezó al norte de África, irradiado principalmente al Sahel y también a Somalia. Pero, en años recientes —hace no menos de cinco años— apareció en espacios donde era prácticamente inexistente, como el Congo y particularmente al norte de Mozambique”.

Efectivamente, una de las ‘zonas calientes’  en lo que hace al despliegue de grupos y acciones terroristas es la zona del Sahel, un cinturón que se extiende de este a oeste, en transición entre el desierto del Sahara y la sabana, y que incluye países como Níger, Nigeria, Mali y Burkina Faso, y al que podríamos sumar el caso de Somalía, en el cuerno de África oriental.

La situación crítica a nivel humanitario desempeña un papel central en la radicalización de las poblaciones, donde el yihadismo no es el único problema. “Temas como el bandolerismo, el calentamiento global o la desertificación también inciden en prácticas de radicalización y en personas que se unen a grupos yihadistas por falta de oportunidades. La denuncia común es el grado de abandono de las agendas estatales de determinadas poblaciones, a las que les quedan tres alternativas: morir de hambre, radicalizarse o migrar”, remarca Freixa.

«La denuncia común es el grado de abandono de determinadas poblaciones, a las que les quedan tres alternativas: morir de hambre, radicalizarse o migrar”

Este primer recorrido indica que no todo el continente está sumido en conflictos armados, y que los grupos reconocidos como yihadistas se sirven de tensiones en las distintas regiones. “Hay que diferenciar quién está detrás y qué patrocinio reciben: si el de Al Qaeda o el Estado Islámico. Esa es una gran diferencia. Y hay mucha mayor división en África que con los talibán en Afganistán. Algunos grupos de determinados países, por ejemplo, están negociando con los gobiernos, y esta es una variable novedosa”.

A la hora de construir una caracterización, se suele tejer un vínculo directo de los fundamentalismos con el Islam, pero lo cierto es que trata de grupos con una fisonomía  más compleja. “Es más: asesinan a más musulmanes que a no musulmanes”, puntualiza Freixa. “Esto no es el Islam: es una desviación terca, obstinada y ultra violenta; es parte de una racionalidad que escapa a la lógica de lo que plantea una religión de paz como el Islam. Creo que es algo que hay que puntualizar porque después se enciende un discurso de odio, de islamofobia y ese no es el camino”.

Respuestas soberanas e intervención 

La presencia militar occidental en África es inocultable, y tiene como protagonistas a Estados Unidos y Francia. Por sí solo, Estados Unidos tiene 29 recintos militares conocidos en 15 países, mientras Francia tiene bases en 10. La principal razón que ofrece el Comando África de Estados Unidos y la OTAN para su intervención es, justamente, el terrorismo y el conflicto geopolítico que de allí se desprende. A su vez, los Estados y organismos regionales, como la Unión Africana, luchan con sus propias dificultades para ofrecer una respuesta coordinada a la violencia.

“En 2013, en la Cumbre de la Unión Africana se propuso una agenda prospectiva con objetivos a 50 años, la Agenda 2063, y ahí se fijó el compromiso de ratificar el fin de conflictos armados, donde entran temas como el yihadismo, el narcotráfico y el desarme. El año pasado se hablaba —pese a la pandemia— de la campaña ‘Silenciar las armas’, pero la verdad es que tiene un alcance muy limitado”, sostiene Freixa. “Sin apoyos internacionales, las fuerzas locales se ven sobrepasadas”, agrega.

La circulación de armas es un elemento importante en el desarrollo de estos conflictos. ¿Dónde obtienen sus armamentos los grupos que aparecen tan bien pertrechados? “Por un lado la implosión de los arsenales de Gadafi, con la caída de su gobierno, sirvió para reclutamiento y armas. También, los actores que más se llenan la boca hablando de paz son importantes proveedores de armamento: Estados Unidos, España, etc. Y hay un mercado ilegal, muy grande, de armas ligeras”, detalla Omer Freixa.

A propósito de la intervención de potencias occidentales, no se puede pasar por alto que, muchas veces, bajo el paraguas de misiones o de corredores humanitarios, se facilita la intromisión sobre la soberanía y los recursos de los territorios. Freixa coincide en que la presencia de estos países responde también a intereses económicos y geopolíticos.

«África es una cantera de recursos naturales de toda índole (…) Estados Unidos no quiere descuidar la espalda ante el avance chino».

“Níger, ex colonia francesa, produce la mayor parte del uranio que necesita Francia para sus centrales atómicas. Somalía es un país estratégico”, ejemplifica. “África es una cantera de recursos naturales de toda índole y no se van a ir tan fácil. Además, también Estados Unidos no quiere descuidar la espalda ante el avance chino, que le come los talones. China instaló hace poco en Yibuti su primera base y viene pisando fuerte en su participación comercial con los países. La injerencia no va a terminar, aunque estén descomprimiendo porque tienen dificultades. Pero el objetivo económico está ahí”.

Por último, Freixa agrega que las posibilidades de la Unión Africana son limitadas, al menos, en cuanto a su capacidad de construir soluciones continentales a este tipo de conflictos. “No hay que ir a apagar el incendio, hay que ir a las razones del conflicto, que son la pobreza, el desempleo, el aumento de la población y esos futuros jóvenes sin oportunidades”.