Hay una advertencia que conviene hacer de entrada: no hay una única causa que explique por qué ciertos sentidos reaccionarios calan tan hondo. Hay materialidad económica, frustración acumulada, precarización real, salarios golpeados, servicios que funcionan mal, y un largo etcétera que cualquiera que viva en este país podría enumerar sin mayor esfuerzo. No voy a desarrollar esa complejidad acá, merece un texto propio, pero sí es necesario mencionarla para no caer en reduccionismos tontos.
Lo que pretendo abordar es otra capa del problema: cómo esos sentidos reaccionarios se ordenan, circulan y terminan convertidos en “sentido común”. Y, sobre todo, por qué la reforma laboral encuentra terreno fértil para avanzar incluso entre sectores a los que no beneficia en absoluto.
Porque cuando decimos que la reforma laboral avanza porque “esto ya pasa”, estamos diciendo algo más profundo: que la derecha no solo empuja leyes, sino marcos mentales. Convierte retrocesos reales en algo administrable, inevitable o incluso lógico. Eso es hegemonía.
Digo esto porque hace unos días me pasó algo que todavía resuena en mi cabeza. Hablando con un grupo de amigos, todos trabajadores formales de distintos rubros, desmenuzaban el proyecto de reforma laboral punto por punto. Y en casi todos llegaban a la misma conclusión: “pero esto ya pasa”, “esto ya lo hace mi empleador”, “esto más o menos ya funciona así”. Primero me horrorizó; después me quedé todo el día pensando cómo puede ser que esos sentidos penetren incluso allí donde objetivamente no mejoran la vida de nadie. Pero claro: cuando la precarización ya avanzó por la vía de hecho, la promesa de “ordenar lo que ya existe”, suena hasta razonable.
Y ahí está el punto: muchas de las medidas del proyecto oficial se legitiman porque, en la práctica, ya fueron avanzando por la vía de hecho. La eliminación de las multas por trabajo no registrado aparece presentada como un incentivo a la formalización, cuando en realidad consolida la idea de que la responsabilidad empresarial es optativa. Lo mismo ocurre con la ampliación del período de prueba: para un trabajador con estabilidad, suena anecdótico; pero para los miles que hoy encadenan contratos temporales, es simplemente blanquear una precarización que ya padecen. Ni hablar del reemplazo de indemnizaciones por fondos de cese: disfrazado de “modernización”, termina trasladando costos al propio laburante, como si perder el empleo fuera una contingencia natural y no un fracaso del sistema.
Cuando mis amigos decían “esto ya pasa”, no estaban defendiendo la reforma: estaban describiendo un deterioro silencioso que el gobierno ahora intenta convertir en norma. Y ahí es donde estos sentidos reaccionarios se vuelven eficaces: no prometen transformar el mundo, apenas prometen darle forma legal a un retroceso que ya se sufre en silencio.
Esa conversación fue el disparador de estas líneas, porque ahí entendí algo obvio pero urgente: la reforma avanza porque el terreno ya está arado.
No por la letra chica de un proyecto, sino por los sentidos que lo preceden. Y si no intervenimos en esa capa, todo lo demás es remar en dulce de leche. Por eso este texto propone tres hipótesis para entender este avance y pensar cómo enfrentarlo.

Primera hipótesis: hay una circulación de sentido que funciona como máquina de producción, no como accidente
Lo que hoy se llama “libertario” o “anti-Estado” no se sostiene sólo por enojos sueltos, sino por un entramado que opera todos los días: medios, influencers, think tanks, fundaciones, cámaras empresarias, consultoras, grupos de Telegram, cuentas de memes, pastores evangélicos, periodistas que operan como partidos y partidos que operan como productoras de contenido.
Ese ecosistema tiene algo que el campo nacional y popular perdió hace rato: constancia y sistematicidad.
Produce mensajes simples (“el Estado te roba”, “los políticos te mienten”, “la libertad te salva”), los distribuye por canales diversos y sobre todo, no espera autorización de nadie para hacerlo.
Mientras tanto, nosotros seguimos creyendo que la opinión pública se mueve por acumulación de “gestión”, como si mostrar una obra alcanzara para disputar el sentido de época. El resultado es obvio: ellos cuentan un cuento; nosotros mostramos un Excel.
Y en política, sin cuento no hay destino.
Segunda hipótesis: nuestra dirigencia perdió iniciativa y hoy administra lo que otros definen
Parte del problema es que buena parte de nuestra dirigencia (provincial, municipal y nacional) se volvió reactiva. Se mueve cuando la empujan, cuando un conflicto la incomoda, cuando una encuesta le muestra que pierde, o cuando la tapa de un diario marca agenda.
Así no se construye una alternativa posible. Y acá es donde entra esa ironía que duele:
pareciera que quienes tienen responsabilidad institucional confunden la lapicera con un sacapuntas. Se pasan el día afinando el instrumento, pero nunca se sientan a escribir.
Hoy la derecha administra el clima de época. La derecha define los marcos. La derecha fija el vocabulario del debate. Y mientras tanto, los nuestros discuten en voz baja cómo sobrevivir a la próxima interna.
Así, claro, es imposible ganar sentido. Porque cuando uno sólo responde, siempre está dos jugadas atrás.
Tercera hipótesis: sin “fierros” (sí, fierros!) no hay construcción que aguante
Acá voy a ser explícito, aun cuando requiera sutileza: toda construcción política necesita fierros.
No fierros como arma, obviamente, sino fierros como estructura: cuadros, equipos técnicos, usinas de contenido, redes territoriales, medios propios, vocerías creíbles, capacidad de movilización y de presencia sostenida.
Sin eso, la política termina funcionando como una cooperadora escolar: esfuerzo voluntario, mucho amor y cero potencia.
El problema es que los fierros no se fabrican solos. Alguien tiene que financiarlos, sostenerlos y, sobre todo, decidir para qué y para quién se usan.
Y acá aparece la parte incómoda: los fierros más potentes que existen son los que ofrece el Estado. No para usarlo partidariamente, eso sería un error y un escándalo, pero sí para entender que un gobierno puede, si quiere, generar políticas públicas, instituciones, programas y plataformas culturales que abran juego, que multipliquen voces, que produzcan sentido democratizador, que formen comunidades y que fortalezcan un proyecto.
Si los que tienen esos instrumentos no los usan para expandir una alternativa, aunque sea desde la legalidad más estricta, otros los usarán para consolidar el retroceso. Porque el vacío no existe en política. Lo que no se construye desde un lado, se rellena desde el otro.

¿Qué hacer con todo esto?
Primero, dejar de creer que la batalla cultural se “gana” explicando. Las explicaciones sirven para los convencidos. Para el resto, lo que importa es la narrativa.
Segundo, dejar de suponer que basta con gestionar. La gestión sin relato es invisible.
Un hospital nuevo sin un sentido que lo enmarque es apenas un edificio.
Tercero, asumir que estamos perdiendo la imaginación política.
La derecha promete futuro, un futuro horrible, pero futuro al fin. Nosotros prometemos “volver a 2015”. Eso no enamora a nadie.
Cuarto, volver a construir comunidad. No comunidad digital, sino comunidad real: clubes, organizaciones barriales, escuelas, sindicatos, juventudes. Lugares donde la gente se mire a los ojos.
Y quinto, lo más obvio pero lo más esquivado: usar los fierros disponibles para construir un futuro posible.
Porque si quienes tienen poder institucional no se animan a marcar rumbo, todo el resto queda librado al voluntarismo.
Al final del día, si quienes tienen la tan codiciada lapicera la usan solo para armar una lista y no para escribir la hoja de ruta, la va a escribir otro.
Y ya sabemos quiénes la están escribiendo por ahora.















