Tres tiempos: la política discute futuro y el pueblo vive el día (con el celular en la mano)

Decía Perón que gobernar es elegir tiempos. Hoy la vida cotidiana corre en presente, la política discute a destiempo y el algoritmo impone su propio ritmo. Cuando esos relojes no se sincronizan la vida común paga el costo.

El despertador suena a las seis y media. No pregunta a quién votaste ni qué opinás del
gobierno. Suena y listo. Antes de apoyar los pies en el piso, el celular ya hizo su trabajo: un video que grita, otro que promete orden, otro que se burla de la política. Diez segundos cada uno. No los buscaste, te encontraron.

En la cocina, el mate se lava rápido y aparece el cálculo de siempre: qué pagar hoy, qué
estirar, qué dejar para después. La vida no se mide en mandatos ni en planes estratégicos:
se mide en días que alcanzan y días que no. Llegar al viernes es el objetivo. Todo lo demás es ruido.

En la radio hablan de encuestas, de armados, de nombres que suenan para dentro de dos
años. La política discute su futuro mientras la vida discute el presente. Y en el medio, el
celular vuelve a vibrar. Otro video, otro enojo, otra certeza instantánea.

Sin buscarlo el problema aparece solo: tres tiempos corriendo a ritmos distintos sobre
una misma vida que no puede desdoblarse.

La hipótesis es simple, aunque incómoda: vivimos en una sociedad donde el tiempo de la
vida cotidiana, el tiempo de la política y el tiempo de las redes están profundamente
desincronizados. Y esa desincronización no es un detalle técnico ni un malestar pasajero:
es una de las causas centrales del desgaste social y del desorden político que atravesamos. La vida cotidiana vive en el ahora. No espera. Reclama respuestas concretas.

La política, demasiadas veces, vive en un después eterno: la próxima elección, la próxima
interna, el próximo anuncio.

Las redes, en cambio, viven en el instante absoluto: todo es urgente, todo es definitivo, todo dura lo que tarda en llegar lo siguiente.

El problema no es que esos tiempos sean distintos. Siempre lo fueron. El problema es que
ya no dialogan. Y cuando nadie los ordena, terminan imponiéndose los que van más
rápido. Hoy, ese tiempo es el de las redes. No el mejor ni el peor, simplemente el más veloz.

Cuando la política no logra acompasarse con el tiempo de la vida real, deja de ordenar
expectativas. Y cuando no ordena expectativas, lo que crece no es la paciencia ni la
comprensión, sino la bronca. La tentación de patear el tablero aunque no se sepa bien qué
viene después.

No es nostalgia ni épica perdida. Es algo mucho más básico: una sociedad no soporta
demasiado tiempo vivir con tres relojes marcando horas distintas.

Cuando la política no logra acompasarse con el tiempo de la vida real, deja de ordenar
expectativas. Y cuando no ordena expectativas, lo que crece no es la paciencia ni la
comprensión, sino la bronca. La tentación de patear el tablero aunque no se sepa bien qué
viene después.

No es nostalgia ni épica perdida. Es algo mucho más básico: una sociedad no soporta
demasiado tiempo vivir con tres relojes marcando horas distintas. Y para eso es importante plantear verdades, sin pretensión de cierre: tirarlas a la cancha  para que reboten, choquen y se discutan. Porque buena parte de los fracasos recientes no se explican por falta de ideas, sino por errores repetidos hasta el cansancio.

Primera verdad: no se gobierna desde el marketing cuando se perdió la calle.
El exceso de slogans y puestas en escena no es modernidad: es síntoma. Cuando la
política deja de escuchar, necesita exagerar, maquillar o inventar. El marketing aparece para tapar la ausencia. Pero dura poco. La vida cotidiana desmiente rápido lo que no se toca con las manos. Sin calle no hay diagnóstico. Y sin diagnóstico, el relato se convierte en coartada.

Verdad bisagra: la calle no se gana solo marchando; se gana entendiendo.
Confundir “tener calle” con movilizar gente es otro error frecuente. La calle no es solo la
protesta ni la épica del enfrentamiento. La calle es saber qué le pasa a quien no marcha, a
quien no milita, a quien no tuitea. Es registrar los miedos, los cansancios, las expectativas
bajas, los sueños modestos que no entran en un discurso. Cuando la política habla solo
para los convencidos, pierde el pulso de la mayoría silenciosa. Y ahí vuelve a perder el
tiempo más importante: el de la vida real.

Segunda verdad: no se gobierna pagando favores con el Estado.

Cuando los cargos se reparten para saldar internas o lealtades, el tiempo de la política se
impone sobre el tiempo de la gestión. Áreas sensibles quedan en manos de gente que no
sabe, no puede o no entiende la función. Los objetivos se desordenan, las políticas se
traban y la vida cotidiana paga el costo. No es ideología: es ineficiencia convertida en rutina.

Tercera verdad: no se gobierna rompiendo lo que funciona por soberbia.

Cada política que se desarma solo porque “no es propia” vuelve a descoordinar los tiempos.
La vida no espera refundaciones permanentes. Cuando se interrumpen programas útiles, el
mensaje es claro: la rosca importa más que el resultado. Y eso erosiona cualquier autoridad política, incluso la que se dice transformadora.

Cuarta verdad: no se gobierna confundiendo ajuste con orden ni crueldad con
realismo.

El orden que se construye castigando siempre a los mismos puede cerrar números, pero
abre heridas. Y las heridas sociales, cuando no se atienden, no desaparecen: se acumulan.
La economía puede necesitar correcciones; la vida cotidiana necesita alivio. Si eso no se
entiende, los tiempos vuelven a chocar.

Una sociedad con un solo tiempo tal vez sea imposible. Pero una sociedad donde los
tiempos están brutalmente desalineados es inviable.

Sincronizar no es magia ni épica. Es política básica bien hecha. Escuchar antes de
reaccionar. Decidir antes de que sea tarde. Usar recursos escasos con inteligencia y no con
vanidad. Resolver lo urgente sin rifar lo importante.

Cada mañana el despertador vuelve a sonar, el celular vuelve a vibrar y la política vuelve a
hablar de mañana. Mientras esos relojes sigan marcando horas distintas, la vida va a seguir
llegando tarde a todas las promesas. Y ningún país se construye así: corriendo siempre, sin
saber quién puso la hora ni hacia dónde se va.