Elecciones en el PJ Bonaerense: primero el poder, después el cargo

La pelea por el PJ bonaerense tiene poco de rosca por cargos y mucho de incomodidad por el poder que se está moviendo. Es el aparato intentando administrar un liderazgo que emergió por prepotencia de gestión, con el riesgo de que ese trasvasamiento termine reducido (otra vez) a una silla y un sello.

Las discusiones en torno a la conducción del PJ bonaerense suelen presentarse como una interna más: nombres, cargos, llamados a la unidad. Pero esa lectura se queda en la superficie. Lo que está ocurriendo, y  empieza a volverse visible, es algo más profundo y más incómodo: el momento en que un desplazamiento real de poder intenta ser encuadrado y administrado por las estructuras que históricamente lo monopolizaron. O dicho de otra forma: cuando alguien empieza a mandar de verdad, el sistema corre a ponerle un cargo, una silla y un sello, para no admitir que el mando ya se había movido antes de que nadie lo votara.

La hipótesis que parecía abstracta hoy empieza a verificarse en los hechos. El trasvasamiento no es una consigna generacional ni un gesto declamativo: es el modo concreto en que el poder pasa efectivamente de unas manos a otras. Cuando el recambio se frena por las malas, el poder no se queda quieto esperando en una sala de espera. Se desborda. Se mete por las grietas, rompe las lealtades de manual y obliga a la vieja guardia a improvisar maniobras de último momento para ver si puede anotar como propio un gol que ya le hicieron hace rato.

Esa lógica se vio, una y otra vez, en la política bonaerense: discusiones de listas que llegan cuando el armado ya existe, congresos partidarios que buscan ordenar a posteriori lo que el territorio resolvió antes, llamados a la unidad que aparecen cuando la correlación de fuerzas ya cambió. No es novedad. Lo novedoso es que ahora el fenómeno ya no se puede disimular detrás de la liturgia.

En ese marco debe leerse la discusión sobre la presidencia del PJ bonaerense y el nombre de Axel Kicillof orbitando con insistencia en el centro del tablero. Si somos mal pensados, la escena admite una interpretación que no es conspirativa, sino el adn del aparato: ofrecerle al gobernador la conducción partidaria no necesariamente como cesión real, sino como forma de inscribir su liderazgo dentro de un marco que permita decir, mañana, “lo pusimos nosotros”. No se trata de una trampa burda ni de un gesto altruista. Es una lógica clásica: cuando el poder se desplaza, el aparato intenta nombrarlo.

Pero acá aparece el primer problema para esa lógica: llega tarde. Porque más allá de los relatos cruzados, las susceptibilidades y las operaciones preventivas, hay un dato difícil de negar incluso para sus críticos internos. Kicillof viene logrando, una por una, las cosas que se propuso. Gobernar sin tutela explícita, construir volumen político propio, ordenar una tropa que ya no es testimonial, disputar sentido frente al gobierno nacional y ahora discutir la conducción del principal partido de la provincia. No hay épica en ese recorrido, pero sí eficacia. Y en política, la eficacia construye liderazgo aun cuando incomode.

Porque el dilema no es solo de La Cámpora o del kirchnerismo organizado. También es del propio gobernador. El poder, cuando aparece, no se desprecia. Rechazar la presidencia partidaria en nombre de vaya uno a saber que cosa, sería leído como debilidad o como fuga. Aceptarla implica asumir costos: quedar expuesto al juego de aparato, a la lectura interesada de que su liderazgo es prestado, a la vieja tentación de confundir institucionalidad con conducción. Pero implica, además, otro riesgo menos visible y más profundo: empezar a reproducir, casi sin querer, las mismas lógicas que hicieron posible ese desplazamiento que hoy lo favorece.

El problema no es si Kicillof entra o no al PJ. El problema es qué PJ entra con él y qué prácticas decide sostener para hacerlo funcionar. Porque ya hay señales concretas de tolerancia a dinámicas conocidas: listas que se cierran en mesas chicas para evitar conflictos mayores, vetos preventivos a emergencias locales con el argumento de no “romper el equilibrio”, roscas silenciosas justificadas en nombre de la gobernabilidad. Porque buena parte de las reglas que hoy ordenan el partido (la delegación de conducción a cambio de paz territorial, el verticalismo defensivo, el veto preventivo a cualquier renovación no controlada, la confusión entre control y liderazgo) siguen intactas. Y ahí aparece una contradicción que no puede disimularse con eficacia de gestión: el riesgo de que un liderazgo construido por acumulación real termine administrando un andamiaje que reproduce las mismas inercias que decía venir a superar.

Ahí está el núcleo del debate que el peronismo bonaerense sigue evitando discutir de frente. No si Kicillof acepta o no un cargo. No si Máximo Kirchner cede o condiciona. Sino qué hace el movimiento cuando un liderazgo emerge por acumulación efectiva y no por designación. La política argentina tiene larga experiencia en absorber novedades sin cambiar su lógica profunda: convertir trasvasamientos potenciales en administraciones prolijas del pasado.

El riesgo, entonces, no es que el gobernador quede “atado” al PJ. El riesgo es que el PJ vuelva a creer que nombrar equivale a conducir. Que institucionalizar un liderazgo alcanza para producir futuro. Que el problema era de cargos y no de tiempo. Porque el tiempo sigue corriendo, y no al ritmo de los congresos partidarios ni de las negociaciones de cúpula.

Nada de esto absuelve a nadie. Ni a La Cámpora, que llega a esta discusión después de haber bloqueado durante años cualquier renovación que no controlara. Ni al resto del peronismo bonaerense, que delegó conducción a cambio de tranquilidad territorial. Y tampoco a Kicillof, si cree que la eficacia por sí sola alcanza, si supone que ordenar sin incomodar es suficiente o si confunde acumulación de poder con transformación real de las reglas que lo organizan. Porque la historia del peronismo está llena de liderazgos fuertes que, al evitar ese conflicto, terminaron absorbidos por la estructura que habían logrado desplazar.

Trasvasar o naufragar nunca fue una consigna moral. Fue, y sigue siendo, una advertencia política. Hoy, con el proceso en marcha, la advertencia incomoda porque deja de ser teórica. El poder se está moviendo. La pregunta no es quién lo nombra, sino si ese movimiento va a producir algo nuevo o si, una vez más, será absorbido por la inercia de siempre. Porque en política, cuando el trasvasamiento se reduce a un cargo, el naufragio no se evita: apenas se posterga.