“Estoy re quemado”: la pandemia silenciosa que aflora cada vez más en un sistema deshumanizante 

Todos conocemos alguna persona que sufre ansiedad crónica, angustia o hasta depresión. O somos nosotros mismos. Los discursos sistémicos intentan relacionar este fenómeno a situaciones personales, pero más allá de cualquier episodio puntual de nuestras vidas, la salud mental está íntimamente relacionada a la calidad de vida.  Una nota que habla de la salud mental desde una mirada política

Por: Elena Pinos @ElenaPinosC

Vivimos tiempos difíciles. Eso nadie lo puede dudar. Se podría decir que es una afirmación que no encuentra grieta en la Argentina y en el mundo. Sin embargo, preguntarse por qué decimos que estamos viviendo tiempos de constantes crisis, lo cambia todo. 

Actualmente atravesamos una serie de fenómenos al mismo tiempo, que nos obligan a abrir la mirada y evitar estudiar la realidad desde las perspectivas conocidas hasta ahora. Es decir,  nuestro mundo actual es tan complejo, que una crítica basada desde una sola teoría política, económica, cultural,  sociológica, psicológica o hasta espiritual,  sería una limitación.  Y un error. 

Preguntarnos por qué ganó Javier Milei en nuestro país, no puede responderse únicamente por el fracaso del anterior gobierno o por la disruptiva forma de hacer política del economista libertario. Nos habla también de una sociedad desesperanzada y descreída de lo que puede ofrecer nuestra democracia.  Nos habla de un pueblo que empieza  a perder sensibilización y empatía frente al bombardeo de discursos individualistas, que se alejan de la vida compartida en comunidad.

Nos explica -casi metafóricamente-  el preocupante ascenso de los padecimientos mentales en nuestra sociedad, donde los trastornos de estrés, ansiedad, angustia y hasta depresión se han disparado como una epidemia silenciosa. Un fenómeno que no registra estadísticas como debería, pero que tiene algunos estudios ya realizados. Como el que llevó a cabo el Observatorio Social de la Universidad Católica, que indica que la población urbana mostró un incremento sostenido de patologías mentales en el período 2010-2024, pasando del 18,4% al 28,1% en la población adulta.Este aumento implica que casi tres de cada diez personas manifiestan síntomas ansiosos y/o depresivos en el año 2024”, dicen desde la UCA. 

En esa línea, recientemente la Organización Mundial de la Salud (OMS) determinó que actualmente la principal discapacidad ya no pasa por razones físicas, sino por condiciones neurológicas. 

Un dato que debería modificar sustancialmente el enfoque de la salud mental en el mundo: ¿Se puede combatir el síntoma, sin combatir sus raíces y estructuras que permiten estos padecimientos?

Todo está conectado: la mente enferma en un mundo enfermo 

Ahora bien,  ¿Hay alguna vinculación entre las sostenidas crisis que ofrece el sistema y nuestra salud mental?  

Hay dos autores que ya se hicieron esa pregunta y que dejan algo de claridad entre tanto ruido y confusión:

Ya al comienzo del siglo, el sociólogo de origen poláco-británico Zygmunt Bauman aporta muchas claves en “La Modernidad Líquida”. En él sostiene  -resumidamente- que algunas de las explicaciones acerca de las crisis constantes que azotan a nuestra sociedad tienen que ver con la pérdida de estructuras. Lo que antes era firme y sostenido, ahora es fluctuante, cambiante y frágil. Desde nuestros puestos laborales, hasta las relaciones sexo-afectivas, el concepto de familia, nuestros ideales políticos y hasta espirituales. 

Este terremoto de cambios -que en los últimos años se potenció aún más con la irrupción de las redes sociales y la IA-, dice Bauman, “genera una profunda inseguridad psicológica en el individuo”, lo que podría explicar la aparición cada vez más frecuentes de ansiedad crónica y una crisis de identidad, o incluso propósito en la vida. 

Para Bauman también hay que tener en cuenta que los discursos neoliberales refuerzan la idea de que los problemas individuales nada tienen que ver con el deterioro de su entorno: su ámbito familiar y en última instancia, también la sociedad. Así, el intento por “privatizar los problemas sociales”, es interpretado con vergüenza, auto-castigo y hasta depresión por miles de personas de nuestro país y el mundo. 

Por supuesto, no es difícil de imaginar que todo esto golpea especialmente a las poblaciones vulnerables: pobres, mujeres, diversidades sexuales, jóvenes migrantes, discapacitados, etc. 

En una línea muy similar, hay un segundo autor que también colabora profundamente en esta tesis: el filósofo sur-coreano Byung Chul Han sostiene que la civilización contemporánea pasó de una “sociedad disciplinaria” a una “sociedad del rendimiento”. 

Así, los discursos de la meritocracia generan una auto-explotación en la gente, que tiende a regularse por sí misma y desarrolla un exceso de la productividad y la estimulación. 

Para Chul Han, la depresión, por ejemplo, surge cuando el individuo “colapsa bajo el peso de demandas ilimitadas”. Demandas que efectivamente no pasan solo por el trabajo, sino por los mandatos que se imponen y que se incentivan, sobre todo, desde las redes sociales. 

Es decir, ambos autores nos hablan de que las sostenidas crisis que ofrece el sistema, la inseguridad económica, la pérdida de estructuras que antes regían a las sociedades y el constante bombardeo de información e imágenes,  repercuten seriamente en las identidades y salud mental de la población. 

De alguna forma nos explican que nuestras crisis no son personales, son sistémicas y estructurales. 

Red Puentes es una red comunitaria de abordaje a los consumos problemáticos a nivel nacional. Cuentan con presencia en 13 provincias

La vacuna 

Sin pasar por alto a las distintas terapias psicológicas, psiquiátricas o algunas otras prácticas holísticas que ayuden a sanar,  la verdadera vacuna a una pandemia silenciosa como esta tiene que pasar por imaginar un mundo nuevo. 

Sí, parece hasta naif afirmar esto, pero nos hemos acostumbrado a imaginar mucho más el fin del mundo, que el fin del capitalismo. 

Ese nuevo mundo puede -de todas formas-  comenzar en pequeñas acciones desde el presente. La construcción de espacios de organización y encuentro real son fundamentales para romper con la virtualidad y el individualismo que se está estructurando cada vez más.

La charla, la contención, el abrazo, la expresión artística, la formación política, la elaboración de proyectos que nos den sentido, el deporte, etc. El disfrute en aquello que nos gusta hacer, por fuera de trabajos que refuerzan el estrés y la productividad. 

La vacuna debe pasar por el trabajo interno y espiritual de cada persona, pero también tiene que ser social y comunitaria. Eso nos dará una perspectiva sensible con el mundo que nos rodea, politizando y relacionando el malestar individual con el malestar social y colectivo. 

No hay salud mental posible sin la transformación de nuestra calidad de vida, de la posibilidad de contar con un trabajo digno, de lograr acceder a una vivienda y un hábitat sano. 

No hay salud mental sin crear un nuevo mundo, una nueva Cosmovisión, que ponga al centro a la vida. No solo de la raza humana, sino de toda la naturaleza.