El regreso de los talibanes 20 años después

En 2001, Estados Unidos desembarcó en Afganistán con el objetivo declarado de expulsar a los talibanes del país. ¿Qué ocurrió desde entonces?

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Foto: Stringer

El 15 de agosto, los talibanes ingresaron a Kabul. Los dirigentes talibanes entraron en el palacio presidencial, desalojado unas horas antes por el presidente afgano Ashraf Ghani, quien huyó a exiliarse en el extranjero. Las fronteras del país se cerraron y el principal aeropuerto internacional de Kabul quedó en silencio, salvo por los gritos de los afganos que habían trabajado para Estados Unidos y la OTAN: sabían que sus vidas estarían ahora en grave peligro. Los dirigentes talibanes, por su parte, trataron de tranquilizar a la opinión pública hablando de una “transición pacífica” declarando en varias ocasiones que no buscarían represalias, sino que perseguirían la corrupción y la anarquía.

La entrada de los talibanes en Kabul es una derrota para Estados Unidos

En los últimos años, Estados Unidos no ha logrado ninguno de los objetivos de sus guerras. En octubre de 2001, entraron en Afganistán con horrendos bombardeos y una campaña sin ley de entregas extraordinarias, con el objetivo de expulsar a los talibanes del país. Hoy, 20 años después, los talibanes regresaron. En 2003 –dos años después de desencadenar una guerra en Afganistán– Estados Unidos empezó una guerra ilegal contra Irak, que se tradujo en la retirada incondicional de los estadounidenses en 2011, tras la negativa del Parlamento iraquí de permitir a sus tropas protecciones extralegales. Ese mismo año, al retirarse de Irak, Estados Unidos empezó una terrible guerra contra Libia, cuyo resultado fue imponer el caos en la región.

Ninguna de estas guerras –Afganistán, Irak, Libia– tuvo como resultado la instauración de un Gobierno proestadounidense. Todas generaron un sufrimiento innecesario para las poblaciones civiles. La vida de millones de personas se vio alterada y cientos de miles de personas murieron en estas guerras sin sentido. ¿Podemos esperar hoy que un joven en Jalalabad o en Sirte tenga algún tipo de fe en la humanidad? ¿Se aislarán completamente, temiendo que cualquier posibilidad de cambio les haya sido arrebatada por las espantosas guerras infligidas a ellos y a otros habitantes de sus países?

No hay duda de que Estados Unidos sigue teniendo el mayor ejército del mundo y que –utilizando su estructura de bases y su poderío aéreo y naval– puede golpear a cualquier país, en cualquier momento. Pero, ¿qué sentido tiene bombardear un país si esa violencia no sirve para alcanzar ningún fin político? Estados Unidos utilizó sus avanzados drones para asesinar a los líderes talibanes, pero por cada líder que mató, surgió otra media docena. Además, los hombres que ahora mandan entre los talibanes –incluido su cofundador y jefe de la comisión política, el mulá Abdul Ghani Baradar– estaban allí desde el principio; nunca habría sido posible decapitar a toda la cúpula talibán. Estados Unidos gastó más de 2 billones de dólares en una guerra que sabía que no podía ganar.

La corrupción como caballo de Troya

En sus primeras declaraciones, el mulá Baradar dijo que su Gobierno centraría su atención en la corrupción endémica de Afganistán. Mientras tanto, en Kabul se difundieron historias sobre ministros del Gobierno de Ashraf Ghani que intentaban abandonar el país en automóviles repletos de dólares (supuestamente, se trataría del dinero que Estados Unidos entregaba a Afganistán para ayuda e infraestructuras). La fuga de recursos de la ayuda prestada al país no ha sido menor.

En un informe de 2016, relativo a las “Lecciones aprendidas de la experiencia de Estados Unidos con la corrupción en Afganistán”, realizado por el Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR) del Gobierno de Estados Unidos, los investigadores escribieron: “La corrupción socavó significativamente la misión de Estados Unidos en Afganistán al dañar la legitimidad del Gobierno afgano, fortalecer el apoyo popular a la insurgencia y canalizar recursos materiales a los grupos insurgentes”. El SIGAR creó una “galería de la codicia”, en la que se enumeran los contratistas estadounidenses que desviaron el dinero de la ayuda y se lo embolsaron mediante fraude.

Se han gastado más de 2 billones de dólares en la ocupación estadounidense de Afganistán, pero no se destinaron ni a proporcionar ayuda ni a construir infraestructura en el país. El dinero se destinó a enriquecer aún más, a los ricos de Estados Unidos, Pakistán y Afganistán.

La corrupción en la cúpula del Gobierno acabó con la moral de los que estaban abajo. Estados Unidos depositó sus esperanzas en el entrenamiento de 300.000 soldados del Ejército Nacional Afgano (ANA), en el que gastó 88.000 millones de dólares. En 2019, una purga de “soldados fantasmas” en las listas – soldados que no existían – provocó la pérdida de 42.000 soldados; es muy probable que la cifra haya sido mayor. La moral del ANA se ha desplomado en los últimos años, y las deserciones del ejército a otras fuerzas han aumentado. La defensa de las capitales de provincia también ha sido débil, y Kabul cayó en manos de los talibanes casi sin resistencia.

En este sentido, el recién nombrado ministro de Defensa del Gobierno de Ghani, el general Bismillah Mohammadi, comentó en Twitter sobre los Gobiernos que han estado en el poder en Afganistán desde finales de 2001: “Nos ataron las manos a la espalda y vendieron la patria. Maldito sea el rico [Ghani] y su gente”. Esto resume el estado de ánimo popular en Afganistán en estos momentos.

Afganistán y sus vecinos

Horas después de tomar el poder, un portavoz de la oficina política de los talibanes, el Dr. M. Naeem, dijo que todas las embajadas estarán protegidas, mientras que otro portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, dijo que todos los antiguos funcionarios del Gobierno no tenían que temer por sus vidas. Estos mensajes son, por ahora, tranquilizadores.

También ha sido tranquilizador que los talibanes hayan dicho que no son reacios a un Gobierno de unidad nacional, aunque, sin duda, tal Gobierno sería sólo una formalidad, para ejecutar la agenda propia de los talibanes. Hasta ahora, los talibanes no han articulado un plan para Afganistán, algo que el país necesita desde hace al menos una generación.

El 28 de julio, el líder talibán Mullah Baradar se reunió con el Ministro de Asuntos Exteriores chino Wang Yi en Tianjin, China. Las líneas generales de la discusión no se han revelado por completo, pero lo que se sabe es que los chinos lograron que los talibanes se comprometieran a no permitir ataques a China desde Afganistán y no permitir ataques a la infraestructura de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) en Asia Central. A cambio, China continuaría con sus inversiones de la BRI en la región, incluso en Pakistán, que es un partidario clave de los talibanes.

No está claro si los talibanes serán capaces de controlar a los grupos extremistas, pero lo que sí está muy claro – en ausencia de una oposición afgana creíble a los talibanes – es que las potencias regionales tendrán que ejercer su influencia sobre Kabul para mejorar el duro programa de los talibanes y su historial de apoyo a los grupos extremistas. Por ejemplo, la Organización de Cooperación de Shanghái (creada en 2001) reactivó en 2017 su Grupo de Contacto sobre Afganistán, que celebró una reunión en Dushanbe en julio de 2021, y pidió un Gobierno de unidad nacional.

En esa reunión, el ministro de Asuntos Exteriores de la India, Dr. S. Jaishankar, expuso un plan de tres puntos, que logró casi un consenso entre los distantes vecinos:

“1. Una nación independiente, neutral, unificada, pacífica, democrática y próspera.
2. Cesar la violencia y los ataques terroristas contra civiles y representantes del Estado, resolver el conflicto mediante el diálogo político y respetar los intereses de todos los grupos étnicos, y
3. Garantizar que los vecinos no se vean amenazados por el terrorismo, el separatismo y el extremismo”.

Eso es lo máximo que se puede esperar en este momento. El plan promete la paz, lo que supone un gran avance respecto a lo que el pueblo de Afganistán ha vivido en las últimas décadas. ¿Pero qué tipo de paz? Esta “paz” no incluye los derechos de las mujeres y los niños a un mundo de posibilidades. Durante los 20 años de la ocupación estadounidense, esa “paz” tampoco era una posibilidad. Esta paz no tiene un poder político real detrás, pero hay movimientos sociales bajo la superficie que podrían emerger para poner sobre la mesa esa definición de “paz”. La esperanza está ahí.

Este artículo fue producido para Globetrotter


 

Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es miembro de la redacción y corresponsal en jefe de Globetrotter. Es editor en jefe de LeftWord Books y director del Instituto Tricontinental de Investigación Social. También es miembro senior no-residente del Instituto Chongyang de Estudios Financieros de la Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Su último libro es Washington Bullets, con una introducción de Evo Morales Ayma.