La calle llena, el poder intacto

La movilización supo torcer la historia. Hoy, incluso cuando es masiva, parece no alcanzar. Cuando la calle deja de ser amenaza y pasa a ser refugio, casi un “activismo terapéutico”, el problema no es cuánta gente hay, sino qué tanta eficacia política tiene.

La plaza se llena, las columnas avanzan, las consignas vuelven a sonar con fuerza. Durante unas horas, la Argentina se transforma en un pueblo que se reconoce, se abraza y vuelve a sentir que no está solo.

Pero al día siguiente, la realidad se impone. La boleta de la luz impaga, cuentas que no cierran, la angustia que aprieta. De nuevo la sensación de estar en soledad cada uno librado a su suerte. Como un viernes que promete alivio pero termina chocando de frente con el domingo.

La gente sale. Se organiza como puede contra un gobierno que eligió descargar el ajuste sobre los mismos de siempre, que haya multitudes en la calle no es un dato nada menor: es aún, una reserva de dignidad. Pero sería un error, y también un autoengaño, confundir presencia con poder.

Durante mucho tiempo estuvo claro que  la calle no era un lugar de mera expresión, sino un instrumento de presión. No se iba a la plaza a testimoniar un malestar; se iba a pulsear con los que decidían. El 17 de octubre de 1945 no fue una catarsis colectiva: fue una demostración de fuerza que cambió la historia. Del mismo modo, diciembre de 2001 tampoco fue un desahogo: fue un punto de quiebre que se llevó puesto a un gobierno.
Hoy esa relación parece estar debilitada.

El gobierno puede enfrentar movilizaciones masivas y, sin embargo, sostener el rumbo sin ceder en lo sustancial. Ajusta y redefine prioridades, mientras la protesta (aun cuando es multitudinaria) no logra perforar ese núcleo duro de decisión.

No es casual, hay una sociedad más fragmentada, viviendo en niveles de informalidad que hacen que parar no sea una opción para millones. Con una economía que empuja a la supervivencia individual. Y hay, en ese contexto, un proyecto político que no busca negociar con la calle, sino demostrar que puede gobernar incluso con ella en contra.

En ese marco, la movilización empieza a cumplir otra función. Menos épica, pero no menos importante: contener.
La marcha como refugio, un espacio donde la angustia cotidiana se suspende por un rato. Donde el que llega roto se encuentra con otros igual de golpeados, y en ese encuentro aparece algo parecido a la fuerza.

Eso, entre otras cosas, explica por qué la gente sigue yendo, pero también marca un límite.
Porque cuando la movilización pasa de ser una herramienta para transformar la realidad a convertirse, sobre todo, en una forma de sobrellevarla, hay algo que no está funcionando. Nos abrazamos en la calle para no llorar en el bondi de vuelta, pero el llanto contenido no hace caer ningún decreto. Y ahí aparece la pregunta que necesita una respuesta urgente: ¿qué hacemos con esa energía social que se expresa, se desborda por momentos, pero no logra convertirse en poder efectivo?

Porque el problema no es la movilización, sería absurdo decirlo, el problema es que en estas condiciones, sin organización sostenida, sin articulación política y sin capacidad de afectar intereses concretos, la protesta queda desacoplada de la decisión.
Dicho en términos simples, sin construcción de poder no hay calle que alcance.

Eso implica discutir cosas menos románticas y más eficaces. Cómo se reconstruyen formas de organización en un mundo laboral fragmentado. Cómo se vuelve a conectar la representación política con esa masa que hoy se expresa en la calle pero no necesariamente encuentra conducción. Cómo se generan niveles de presión que no puedan ser ignorados con facilidad.

Cuando la movilización fue eficaz, no se limitó a expresarse: se organizó, tuvo conducción y logró transformarse en decisiones concretas. Cuando eso no ocurre, la calle queda más como termómetro que como palanca. Tal vez ahí esté el punto ciego del presente.
No en la falta de gente, ni  en la falta de bronca. Sino en la dificultad para convertir todo eso en una fuerza que obligue al poder a recalcular.

Porque mientras tanto, la escena se repite. Viernes de euforia, tristeza de domingo.Y un gobierno que, aun sabiendo que enfrente hay miles, apuesta a que el lunes cada uno vuelva a pelearla como pueda, en soledad.
Romper esa lógica no es dejar de marchar. Es, en todo caso, volver a hacer de la movilización algo más que un refugio. Volver a convertirla en una herramienta capaz de torcer la realidad.
Porque si la calle no incomoda al poder, el poder aprende a convivir con ella .Y cuando eso pasa, el problema ya no es cuánta gente marcha. Es para qué.