La historia reciente de nuestro país nos obliga a rescatar el valor de la democracia. El genocidio que sembró la última dictadura cívico-militar (hace cincuenta años atrás), es la antítesis perfecta para seguir alimentando ese cuidado.
Pero desde la recuperación del proceso democrático, en 1983, el país entró en un loop de crisis constantes, que hasta ahora no han permitido garantizar el derecho al trabajo, la salud, la educación, la vivienda y tantos otros, de forma total y –ante todo– de forma duradera.
Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, esta realidad es palpable. Más allá de cualquier debate ideológico, los números objetivos muestran que la economía está en franca caída, el país sigue sobreendeudado ante capitales extranjeros, el consumo cae y el ajuste recae absolutamente sobre la población más vulnerable.
Entonces, a casi medio siglo de su recuperación, ¿No es momento de repensar qué es democracia en nuestro país? o mejor dicho: ¿Qué debería ser realmente?
Después de todo (y acá comienzan las preguntas que espero puedan leer pacientemente) ¿Qué democracia tenemos con más de 40% de pobres en el país?
¿Qué democracia tenemos cuando no se está garantizando el derecho a la alimentación del 42% de los chicos de la Argentina?
¿Qué democracia con más de un millón de desempleados?
¿Qué democracia con casi el 30% de los jubilados en la línea de pobreza y sin poder comprar sus remedios?
¿Qué democracia con más de 30 mil Pymes fundidas desde el 2023 a la fecha?
¿Qué democracia si a los gobernantes de turno se les ocurre endeudarnos para siempre, sin ningún tipo de consulta al pueblo?
¿Qué democracia podemos tener si poco más de mil familias tienen el 35% de las tierras de todo el país? mientras que un laburante pasa toda su vida ahorrando para comprarse un terrenito
¿Qué democracia decimos tener si el 75% de los alimentos que consumimos internamente –no lo que se exportan– son producidos con el 13% de la tierra? Sin mencionar las malas condiciones laborales de los trabajadores rurales
¿Qué democracia cuando el Congreso aprueba destruir los glaciares, poner en peligro el agua, rematar el país a los extranjeros, hacer una reforma laboral a favor de las empresas?
¿Qué democracia cuando este gobierno nos llama terroristas y nos reprime en cada manifestación pacífica?
¿Democracia sólamente porque votamos cada dos años?

El retroceso –entonces– no es sólo económico, es democrático. Y cuando hablamos de esto, hablamos de retroceder en Derechos Humanos.
Los malos gobiernos, que son gobiernos antidemocráticos, nos están robando la vida. Sencillamente.
Por eso, la respuesta tiene que ser en favor de la vida. No sólo con el objetivo de sacar un gobierno y poner otro. Milei es lo más parecido al anticristo, ya lo sabemos. Pero nuestra generación no puede cometer el error de creer que su fin terminará con todos estos males.
Acá es donde el debate debe incluir a todos los partidos políticos, organizaciones sociales, intelectuales, vecinos, vecinas de la Patria. Va más allá de Milei.
Si la gente de a pie no tiene injerencia en sus gobernantes y los gobernantes son manejados como títeres ante el poder económico, ¿A qué estamos jugando?
La nueva democracia tiene que parir en asambleas populares, en consultas a la población, en participación directa. Para decidir, precisamente, cómo mejorar nuestras vidas.
Este jueves 6 de agosto, tenemos una cita inclaudicable con la democracia y nuestros derechos. Frenar la aprobación de una ley que le pone remate al país, es el puntapié que necesitamos para despertarnos y soñar con algo muchísimo más esperanzador para la Patria.















